covid-19 – una ficción, ¿o no? – (es)

Lo que sigue es una ficción. Creo que estas son las cosas para las que puede servir la ficción: Si los “hechos” ficticios te asustan, investiga más. Si descubres que los “hechos” son falsos, habrás adquirido conocimiento. Si descubres que son reales, habrás ganado perspectiva. Si sólo la ficción va a condicionar tus hechos, eres como un pollo sin cabeza.
O CÓMO EL CORONAVIRUS PODRÍA APODERARSE DE TU CUERPO (ANTES DE QUE TE DES CUENTA)
Llamas a un amigo y organizas una reunión para almorzar. Es un día inusualmente primaveral, así que eliges sentarte al aire libre, lo que parece más seguro. Como de costumbre, tomas todas las precauciones razonables: usas desinfectante para manos, te sientas a una buena distancia de otros clientes y tratas de evitar tocarte la cara, aunque esa última parte es difícil. Una parte de ti sospecha que todo esto podría ser un poco exagerado.
Lo que no sabes es que hace diez días, el padre de tu amigo fue invitado por su socio comercial al Club Universitario, lugar donde contrajo el nuevo Coronavirus de la esposa de un especulador de criptomonedas. Tres días después de eso, tosió en su mano antes de abrir la puerta de su apartamento para dar la bienvenida a su hijo. La saliva de los pacientes con COVID-19 puede albergar medio billón de partículas de virus por cucharadita, y cada vez que toses se pulverizan en una niebla difusa. Cuando tu amigo entró por la puerta, respiró hondo y 32.456 partículas del virus se asentaron en las paredes de su boca y garganta.
Los virus se han multiplicado dentro de su cuerpo desde entonces. Y mientras habláis, el paso de su aliento sobre el revestimiento húmedo de la parte superior de su garganta crea diminutas gotas de moco cargado de virus que flotan invisiblemente en el aire sobre vuestra mesa. Algunas se decantan por los alimentos aún no consumidos en tu plato, otras se desplazan hacia tus dedos, otras se introducen en tu seno nasal o se depositan en tu garganta. Cuando extiendes tu mano para despedirte, tu cuerpo transporta 43.654 partículas del virus. Para cuando hayas terminado de estrechar la mano, ese número es de 312.405.
Una de las gotas se ha introducido en los conductos ramificados de tus pulmones y se deposita sobre su superficie cálida y húmeda, liberando las partículas de virus contenidas en el moco sobre la capa que recubre el tejido.
El virus está dentro.
No sientes absolutamente nada. De hecho, todavía te sientes perfectamente bien. Si tienes alguna queja, es el aburrimiento. Has sido un ciudadano obediente, te quedaste en casa para practicar el distanciamiento social, y después de dos días de la comida con tu amigo, decides que tu salud mental corre riesgo si no das una vuelta.
Llamas a una ex, y ella acepta que os veáis para dar un paseo por el Retiro. Esperas que el sentimiento de que el mundo se acaba pueda generar algo de imprudencia esa tarde, pero la máscara que lleva puesta mata el ambiente. También te dice que decidió mudarse con un chico que conoció en Barcelona. Ni siquiera sabías que ella había estado en Barcelona. Te da un cálido abrazo mientras os despedís y le dices que fue genial verla, pero te vas sintiéndote desanimado. Lo que ella no sabe es que una hora antes, fuiste al váter y después descuidaste lavarte las manos. La muestra fecal invisible que dejas en el brazo de su chaqueta contiene 893.405 partículas de virus. Cuarenta y siete segundos después de que llegue a casa, colgará su abrigo y luego se rascará una picazón en la base de la nariz justo antes de lavarse las manos. En ese momento, 9.404 partículas virales se transferirán a su cara. En cinco días, una ambulancia la llevará a la La Paz.
Dos días después, sentado para almorzar, la idea de comer te produce náuseas. Te acuestas y duermes unas horas. Cuando te despiertas, te das cuenta de que solo has empeorado. Tu pecho se siente apretado, y tienes una tos seca que simplemente no se detiene. Te preguntas: ¿es así como se siente? Hurgas en tu botiquín en vano y finalmente encuentras un termómetro en la parte posterior del cajón de ropa blanca. Lo mantienes debajo de tu lengua por un minuto y luego lees el resultado: 39. Joder, piensas, y gateas de vuelta a la cama. Te dices a ti mismo que podría tratarse de la gripe normal, e incluso si lo peor llega a ser lo peor, aún eres joven y por lo demás saludable. No estás en el grupo de alto riesgo.
Tienes razón, por supuesto, en cierto sentido. Para la mayoría de las personas infectadas con el Coronavirus, eso es todo. Con reposo en cama, mejoran. Pero por razones que los científicos no entienden, alrededor del 20 por ciento de las personas enferman gravemente. A pesar de tu relativa juventud, eres uno de ellos.
Después de cuatro días de fiebre y sensación de dolor, te das cuenta de que estás más enfermo de lo que has estado en tu vida. Tienes tos seca que te sacude de tal forma que te duele la espalda. Luchando por respirar, pides un Uber y te diriges a la sala de emergencias más cercana. Dejas 376.345.090 partículas de virus esparcidas por varias superficies del automóvil y otras 323.443.865 flotando pulverizadas en el aire.
En la sala de emergencias, te examinan y te envían a una sala de aislamiento. Mientras los médicos esperan los resultados de la prueba para el Coronavirus, te hacen una tomografía computarizada de los pulmones, que revela “opacidades como vidrio esmerilado”, manchas borrosas causadas por la acumulación de líquido donde la batalla del sistema inmunológico es más intensa. No solo tienes COVID-19, sino que este ha provocado una especie de neumonía intensa y peligrosa llamada síndrome de dificultad respiratoria aguda o SDRA.
Con todas las camas regulares ya ocupadas por los muchos enfermos de COVID-19, te dan un catre en una habitación junto a otros cinco pacientes. Los médicos te ponen un goteo intravenoso para suministrarle a tu cuerpo nutrientes y líquidos, así como medicamentos antivirales. Al siguiente día de tu llegada, tu condición se deteriora. Vomitas durante varios días y comienzas a alucinar. Tu frecuencia cardíaca se reduce a 50 latidos por minuto. Cuando un paciente en la habitación de al lado muere, los médicos toman el ventilador que estaba usando y te lo ponen. Para el momento en que la enfermera introduce el tubo endotraqueal por tu garganta, ya solo eres medio consciente de la sensación de cómo se arrastra más y más en dirección a tus pulmones. Simplemente permaneces allí acostado mientras ella coloca cinta adhesiva sobre tu boca para mantener el tubo en su lugar.
Te estás descomponiendo. Tu sistema inmunitario se ha convertido en una “tormenta de citoquinas”, una sobrecarga de tal intensidad que ya no está luchando sólo contra la infección viral sino también contra las propias células del cuerpo. Los glóbulos blancos asaltan los pulmones y destruyen el tejido. El líquido llena los pequeños sacos alveolares que normalmente permiten que la sangre absorba oxígeno. Efectivamente, te estás ahogando, incluso con el ventilador bombeando aire enriquecido con oxígeno a tus pulmones.
Eso no es lo peor. La intensidad de la respuesta inmune es tal que, bajo su ataque, los órganos de todo el cuerpo se están colapsando, un proceso conocido como síndrome de disfunción multiorgánica o SDMO. Cuando tu hígado falla, no puede procesar las toxinas de tu sangre, por lo que los médicos se apresuran a conectarte a una máquina de diálisis las 24 horas. Sin oxígeno, tus células cerebrales comienzan a expirar.
Estás revoloteando entre la vida y la muerte. Ahora que has entrado en SDMO, tus probabilidades son 50/50 o peor. Debido al hecho de que la pandemia ha agotado los recursos del hospital más allá del punto de ruptura, tus perspectivas son aún más sombrías.
Acostado en tu catre, casi escuchas cuando los médicos te conectan a una máquina de oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO). Esta se hará cargo del trabajo de tu corazón y tus pulmones y, con suerte, te mantendrá vivo hasta que tu cuerpo pueda encontrar el camino de regreso al equilibrio.
Finalmente, te inunda una sensación abrumadora de calma. Sientes que has llegado al punto más bajo de tu lucha. Lo peor del peligro ya pasó. Con el ataque viral derrotado, el sistema inmunológico de tu cuerpo se retirará y comenzará el lento y laborioso viaje hacia la recuperación total. Algunas semanas a partir de ahora, los médicos extraerán el tubo de tu garganta y quitarán el ventilador. Tu apetito volverá, así como el color a tus mejillas, y en una mañana de verano saldrás al aire fresco y tomarás un taxi para ir a casa. Más tarde, conocerás a la chica que se convertirá en tu esposa, y tendrás tres hijos, dos de los cuales tendrán hijos propios, que te visitarán en un hogar de ancianos a las afueras de Madrid.
Eso es lo que tu mente se dice a sí misma, de todos modos, cuando las últimas células de tu corteza cerebral estallan como polvo de infinitas estrellas, como brillantes algas de una laguna a medianoche. En la sala de aislamiento, tu electrocardiograma emite un tono constante. Los médicos te quitan el ventilador y se lo colocan a un paciente que llegó esta mañana. En los registros oficiales de la pandemia de COVID-19, serás registrado como la víctima No. 592.

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Cómo el coronavirus podría apoderarse de tu cuerpo (antes de que te des cuenta) – Dugutigui (Traducción libre de un artículo de Jeff Wise)

Acerca de Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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