covid-19 – una nueva realidad – (es)

Con la edad, mi etiqueta en la vida ha sido algo como esto: fingir no poseer un cuerpo, y ayudar a otros a sentir lo mismo. Intento no tocar; intento no oler. Solo tengo ojos y oídos, compactos y silenciosos, que enfocan lo mejor que puedo hacia algún punto vacío en medio de la gente.
Es una pretensión necesaria para disfrutar de la manera que me gusta disfrutar de la vida: experimentar simultáneamente proximidad y privacidad: con ojos perdidos observar ávidamente y ser conscientemente inconsciente de ser observado; distraído, mas concentrado en las conversaciones que me rodean; transparente, aun netamente fundido con el decorado.
Esta capacidad de disfrutar de la soledad sin el aislamiento es un pretexto que, de repente, se ha vuelto insostenible. La realidad, ahora insoportable, es que todos éramos cuerpos todo el tiempo, sin importar que nunca nos hurgáramos la nariz en frente de otros. Las barreras delgadas e invisibles que me gustaba imaginar no eran del tipo que pueda frustrar a un virus.
Navegar por la ciudad en marzo del 2020 significa estar cada vez más alerta a los gestos y sensaciones que una vez pasaron desapercibidos. Al principio, todo esto parecía teatral, artificioso. Me pica el ojo: voy a frotarlo, pero retiro la mano. El móvil se mueve en el bolsillo: en el coche, ¿debo sacarlo? Alguien tose: miras hacia allá, preguntándote si lo habrá hecho sobre su codo. Reorganizas rápidamente tu rostro en una expresión sin prejuicios hacia una persona que definitivamente no es un pánico-vigilante de la higiene. En el supermercado a la hora punta —todas lo son ahora, su bolsa, demasiado cerca, roza mi pierna, detenidos en la interminable cola de la caja, imaginando una fantasmal y fina película de grasa que la barra del carro transmite a mis palmas hasta poder llegar a un lavabo. Lo que comenzó como teatral, de pronto se convierte en rutina.
¿Cúan preocupado he de estar, y sobre qué posibilidades, exactamente? Al igual que alguna enfermedad terminal, esta es una catástrofe que un observador casual podría decir se movía lentamente hasta que ha llegado. El efecto es como estar preocupado y no preocupado al mismo tiempo, como una conciencia superpuesta a los peligros del exceso de conciencia: por un lado, bromeas sobre almacenar caballa. Por otro lado, en realidad, compras caballa.
El Coronavirus no ha tardado en saturar la vida diaria. Comenzó para mí el jueves 12 de marzo, después de empezar a lavarme las manos, dos veces, pero antes de escuchar por primera vez la frase: “aplanar la curva”.  También fue ese el día en que se cerró la Universidad de mi hija, cuando los casos de COVID-19 alcanzaban sólo un dígito en nuestra provincia y cuando algún periódico sintió la necesidad de asegurar a los lectores que era poco probable que los perros contraigan el Coronavirus, noticia ilustrada con una foto de un caniche con una máscara.
Fue entonces cuando compré caballa.
Comenzó con un café, como muchas buenas historias. Salí a la calle a tomar un cortado cuando se me ocurrió: no puede hacer daño comprar unas latas de caballa extra, tirarlas en la despensa, olvidarse de ellas. Por si acaso.
En el café, en deferencia a nuestra nueva realidad, por ahora solo usarían vasos desechables. ¿Menos superficies compartidas que arriesgarse a tocar? Tal vez. La razón no estaba clara para mí, pero acaté su autoridad.
Con el café en la mano, caballa de sobra en la bolsa, otro pensamiento pronto surgió: no podía hacer daño caminar un par de manzanas más allá, a Mercadona, y obtener algunas cosas más. ¿Por qué no? También podría comprar algo de pasta, algunas cebollas, algunos tomates enlatados. Un par de latas de espárragos, o… cuatro. ¿Por qué no? Me sentí ingenioso mientras reunía estos artículos, narrando mentalmente su practicidad irrefutable, sin estar seguro si mi comportamiento estaba siendo pesimista. Recogí un poco de papel higiénico aún no estrictamente necesario. En todas partes había botellitas Deliplus. Cogí botellitas Deliplus.
Llevé mis compras a casa. En la cocina, solo, no estaba seguro de si me estaba comportando adecuadamente. ¿Quizás fui alarmista?
El viernes por la tarde, salí a pasear y recibí la respuesta: al cruzarme con mi vecino, fui a darle un apretón de manos y me rechazó al instante, con una sonrisa. Una realidad nueva y ligeramente alterada había llegado. De vuelta, me lavé las manos, dos veces. Por si acaso.
Lo que se esperaba ocurría: el Gobierno declaraba el estado de alarma. “Distanciamiento social”: otro término que recientemente había entrado en el vocabulario colectivo. Todo lo que podía hacer por ahora era quedarme en casa, con algunas excepciones.
Una botellita Deliplus se sentó junto a mí en el sofá. Vimos juntos Contagio, como muchos otros.
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Covid-19 — Una nueva realidad – Dugutigui 

Acerca de Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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