la levedad del tiempo – (es)

El tiempo es una ilusión y nada es dejado al azar. No lo es la hora a la que se levanta el panadero o la posición de un electrón, incluso cuando los electrones, supuestamente modelos de lo impredecible, solo son pequeñas criaturas mansas y obsequiosas que se apresuran a la velocidad de la luz, yendo precisamente a donde se supone que deben ir.
Y, sin embargo, hay una maravillosa anarquía, en la que el panadero elige cuándo levantarse. ¿Cómo puede ser esto? Si nada es aleatorio, ¿cómo puede haber libre albedrío? La respuesta es simple. Nada está predeterminado, o determinado, ni se determinó, ni se determinará. Todo sucedió una vez, y a la vez, y el tiempo se inventó porque no podemos comprender de un vistazo el enorme y detallado lienzo que se nos ha dado, por lo que lo tanteamos, de manera lineal, pieza por pieza.
El universo está quieto y su complejidad es completa. Todo lo que alguna vez fue es; todo lo que siempre será es, y así sucesivamente, en todas las combinaciones posibles. Y, aunque al percibirlo imaginamos que está en movimiento y sin terminar, siempre estuvo terminado y es asombrosamente hermoso. Al final, o más bien, como realmente siempre fueron las cosas, cualquier evento, por ínfimo que sea, está íntima y sensiblemente vinculado a todos los demás, como una telaraña continua que, de ser tocada en cualquier momento, temblara en todas partes.
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La ilusión del tiempo se desvanece, no persiguiendo la luz, sino retrocediendo a través de una tormenta de arena que continuamente cambia de dirección. Te mueves hacia un lado, pero la tormenta te persigue. Giras de nuevo y la tormenta se ajusta. Una y otra vez haces esto, como un baile siniestro con la muerte. ¿Por qué? Porque esta tormenta no es algo que sopla desde lejos, algo que no tiene nada que ver contigo. Ese oscuro vendaval eres tú. Entonces, todo lo que puedes hacer es ceder, dejarte llevar directamente, cerrar los ojos y tapar los oídos para que la arena no entre, y retroceder paso a paso. No esperes encontrar sol allí, ni luna, ni dirección. Simplemente fina arena negra arremolinándose en el cielo como polvo de huesos calcinados. Ese es el tipo de tormenta de arena que has de imaginar. Una tormenta violenta, metafísica y simbólica. Pero, aunque metafísica o simbólica, no te equivoques: cortará la carne como mil cuchillas. La gente a tu lado sangrará, y tú también sangrarás caliente sangre roja. Y una vez que termine la tormenta, no recordarás cómo sobreviviste, ni siquiera si lograste realmente sobrevivir. No estarás seguro, de hecho, si la tormenta realmente ha pasado. O si siquiera ha existido.
Pero una cosa es segura: cuando salgas de la tormenta, no serás la misma persona que entró, pues, al terminar tu recorrido, te habrás retirado lo suficiente para poder ver todo el lienzo de una vez. Y el lienzo te mirará a ti. En él estará aquel punto. Aquel que era tu casa. Esos somos nosotros. Los ríos siguen corriendo hasta el mar; los días perfectamente azules que comienzan y terminan en una penumbra dorada continúan inmóviles y accesibles; cada político corrupto, cada líder supremo —masters momentáneos de alguna fracción de una mota de polvo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió allí, en un pixel suspendido en un rayo de sol que no reconocerás. Tú, entonces un circo de neuronas, ya solo electrones, nunca tuviste la opción de modificar nada, porque el cuadro ya estaba pintado.
Cuando todo se percibe de tal manera que obvia el tiempo, te das cuenta de que el universo que observamos tiene precisamente las propiedades que deberíamos esperar si, en el fondo, no hay diseño: ningún propósito, ningún mal, ningún bien, nada más que una despiadada indiferencia… una justa indiferencia que se hará evidente no como algo que será, sino como algo que es. Que siempre ha sido. Y que va un paso por delante de nuestra lógica y nuestros anhelos.
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La levedad del tiempo — Dugutigui

Acerca de Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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