covid-19 y futuro – (es)

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Albert Einstein bromeaba que nunca pensaba en el futuro porque este suele llegar demasiado pronto. Evidentemente no le tocó experimentar la crisis del coronavirus y, por lo tanto, no podía imaginar un momento en que toda la sociedad estuviera agarrada a sus rectangulares bolas de cristal o consultando nerviosamente sus horóscopos, precisamente cuando sus facultades críticas están claramente en declive, incapaces de distinguir entre lo que me sienta bien y lo que es verdad.
Hubo un tiempo en que nada era realmente tuyo excepto unos pocos centímetros cúbicos dentro de tu cráneo. Eso ha cambiado. Hoy día, el embotamiento, la ganancia rápida, la satisfacción instantánea, el temer conocer a tus vecinos y a morir, la pseudociencia y la superstición, pero especialmente una especie de celebración de la ignorancia, han abierto una ventana en la cabeza por la que ni siquiera nuestro futuro será un misterio nunca más.
Y aunque predecir siga siendo notoriamente difícil, especialmente tratándose del futuro, bien podría suponerse que, de antemano, la gente siempre tratará de escapar de una situación desagradable con el menor gasto de inteligencia posible. En términos prácticos, la respuesta a la crisis sin precedentes del Covid-19 significa que la mayoría de las apuestas sobre lo que vaya a suceder pueden ser hoy admitidas o descartadas —dependiendo de la forma de pensar de cada uno, con la excepción de la idea de que no hay alternativa a la intervención estatal.
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Al margen de eso, ciertamente, persisten dificultades para tratar de anticipar cómo será la sociedad después de esta crisis. En primera instancia, no tenemos idea de cuánto tiempo durará. Lo que estamos tratando es, esencialmente, extender la epidemia en el tiempo. Este enfoque no garantiza menos infecciones, sino más bien una carga más manejable para la infraestructura sanitaria. La respuesta final al coronavirus será una vacuna, pero eso podría estar a años de distancia. El VIH/SIDA se identificó por primera vez en 1984. EE. UU. anunció en ese momento que esperaban tener una vacuna lista en dos años. Sin embargo, a pesar de muchos ensayos, todavía hoy no está disponible una vacuna verdaderamente efectiva.
Segundo, pase lo que pase en el futuro, podemos estar seguros de que habrá continuidad e interrupciones y dinámicas destructivas y constructivas en juego al mismo tiempo. Hay líneas rectas, incluso calles rectas, pero las crisis se asemejan más a caminos curvos y con baches, serpenteando entre montañas. Nunca son lineales. La crisis del coronavirus, y esto es fundamental, no traerá el año cero: una nueva era o una pizarra limpia en la que lo que ha sucedido en el pasado desaparecerá como por encanto o podrá ignorarse.
Las pandemias tampoco serán la nueva normalidad. Las acciones excepcionales en tiempos de paz tomadas por los gobiernos y los bancos centrales, y la reorganización de la sociedad y la economía en torno a los aislamientos, que está provocando algunos cambios de comportamiento, son temporales, no permanentes. Pero las consecuencias, particularmente del rescate estatal global que el Financial Times estima en alrededor de 4,5 millones de millones de dólares, tendrán una relación directa con el futuro y de diferentes maneras. El papel cada vez mayor del estado en la economía y la sociedad es lo único claro en este mar de incertidumbre.
Las afirmaciones, por ejemplo, de que esta crisis está obligando a las empresas tradicionales a adoptar la era digital, simplemente resaltan cuán vacuas eran las anteriores afirmaciones de que estábamos en una nueva era de disrupción e innovación en rápido movimiento. El hecho de que algunas industrias de siempre, desde los medios de comunicación y entretenimiento hasta el comercio minorista, pasando por los alimentos y las bebidas, tengan que conectarse a Internet para sobrevivir al aislamiento, pone de manifiesto cuán estancada y poco innovadora ha sido y sigue siendo gran parte de nuestra economía.
La idea, también, de que las personas que trabajan desde casa representan el futuro mundo del trabajo es otro pronóstico imaginario. Si bien esto puede resultar atractivo a los más fervientes ambientalistas que preconizan el fin del mundo (menos desplazamientos significa menos CO2), el verdadero problema es qué tipo de trabajo podrán estar haciendo, más que el hecho de que se haga desde casa. ¿Será un trabajo productivo o meramente decorativo?
La llamada “guerra” al coronavirus ha revelado otra realidad menos reconocida: a saber, que muchos trabajos esenciales en nuestra sociedad son no cualificados o semicualificados, y que dependemos mucho más de ellos que de los muy cacareados trabajadores de cuello blanco en la “información” y los servicios. ¿Qué diferencia habría si muchos de estos últimos trabajos simplemente desaparecieran? Absolutamente ninguna. Pero la ausencia de trabajadores de la construcción, la agricultura, el transporte, la distribución y, por supuesto, la salud, por nombrar algunos, pone de manifiesto el hecho de que, incluso en la “era digital”, dependemos drásticamente de sectores que han sufrido décadas de estancamiento, desinversión, falta de innovación e incluso olvido.
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Tercero. La crisis actual nos ha colocado momentáneamente en un entorno poco familiar, pero las ideas de ayer no han desaparecido. Los “vigilantes” de lo correcto (antes en la red, ahora también en los balcones), las políticas de identidad, los conflictos intergeneracionales, la xenofobia y la semi-cultura de bajas expectativas regresarán con vengativa fuerza.
Más importante aún, la cultura, aversa al riesgo, de consciencia en torno al cambio climático crecerá exponencialmente. ¿Por qué? Porque la gente que habrá observado el comportamiento del estado, particularmente la disolución del libro de reglas de la responsabilidad fiscal, se planteará la pregunta obvia: “Si todo esto es lo que era necesario para lidiar con Covid-19, ¿qué pasa con la emergencia climática?” Después de todo, el Covid-19 logró en días lo que Greta y Extinction Rebellion no imaginaban, ni en sus mejores sueños, ocurriría en décadas: cerrar escuelas, mantener los aviones en tierra, detener a personas que conducen automóviles, reducir nuestra huella de carbono, paralizar la explotación de combustibles fósiles, etc.
Y esta es seguramente la clave sobre lo que nos espera: si bien las consecuencias económicas serán sentidas por las generaciones venideras, el efecto más inmediato será el impacto político.
Lo que Covid-19 ya ha logrado es poner el último clavo en el ataúd de la falsa batalla ideológica que se prolonga desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial entre los defensores del libre mercado y los socialistas estatales. Las pancartas que ondean hoy en la sociedad ya llevan inscrito que “No hay alternativa al Estado”, como contraposición al famoso dicho de Margaret Thatcher “No hay alternativa al mercado” —después del colapso de la Unión Soviética en 1989.
Si el gobierno dijese hoy que va a nacionalizar todos los bares, la gente lo consideraría totalmente plausible, y no estoy exagerando.
No ha habido discusión. No ha habido debate político. Pero el estado ya ha ganado, y todo lo demás seguirá ese camino. Si pensamos que la tendencia de ayer hacia la tecnocracia era fuerte, todavía no hemos visto nada. Las tendencias autoritarias que ya se exhiben en el marco del aislamiento actual son quizás un presagio de una sociedad futura que se regirá por principios de gestión.
El futuro sigue siendo un desconocido, como bien ha demostrado la sorpresa de este virus, pero la renovación del papel del estado ya no lo es. No necesitamos especular sobre su futuro. Ya ha llegado.
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Como George Orwell escribía en 1984: “Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota estampada en un rostro humano, por la eternidad”.
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Covid-19 y futuro — Dugutigui

 

Acerca de Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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