empezar de nuevo – (es)

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El capitalismo salvaje está de vuelta -y no va a domarse a sí mismo. Los capitalistas generan prosperidad sólo cuando se ven amenazados por las rivalidades globales, los movimientos radicales o el riesgo de revueltas en sus propios países.
En los años 90 se establecieron una serie de supuestos que todos teníamos que aceptar para que se nos permitiera incluso entrar en un debate público serio. Estos se presentaron como una serie de ecuaciones evidentes: “El mercado” era equivalente al capitalismo. Cierto que el capitalismo significaba riqueza exorbitante para la élite superior, pero también significaría un rápido progreso tecnológico y crecimiento económico general. El crecimiento traería un aumento de la prosperidad y el afianzamiento de una clase media. El surgimiento de una clase media próspera, a su vez, permitiría un gobierno democrático estable en última instancia, etc., etc. Una generación más tarde, hemos aprendido que ninguno de estos supuestos se puede seguir considerando correcto por más tiempo.
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La verdadera importancia del libro de Thomas Piketty, Capital en el siglo 21, es que demuestra, con absoluto detalle (y esto sigue siendo cierto a pesar de alguna pequeña discrepancia predecible) que, en el caso de al menos una ecuación básica, los números simplemente no cuadran. El capitalismo no contiene ninguna tendencia inherente a civilizarse a si mismo. Abandonado a su suerte, solo se puede esperar que cree tasas de retorno de la inversión mucho más altas que las tasas globales de crecimiento económico, cuyo único resultado posible es la transferencia de más y más riqueza a las manos de una élite hereditaria de inversores. Y el empobrecimiento comparativo de todos los demás.
En otras palabras, lo que sucedió en Europa Occidental y América del Norte, aproximadamente entre 1917 y 1975 -cuando el capitalismo, efectivamente, fue capaz de crear un alto crecimiento y reducir la desigualdad- fue algo así como una anomalía histórica. Hay un acuerdo creciente entre los historiadores económicos de que realmente ese es el caso. También hay muchas teorías en cuanto al por qué. Adair Turner, ex presidente de la Financial Services Authority, sugiere que fue la naturaleza particular de la tecnología industrial de mediados del siglo pasado lo que permitió tanto altas tasas de crecimiento como un fuerte movimiento sindical. El mismo Piketty apunta a la destrucción de capital durante las guerras mundiales, las altas tasas de impuestos y regulaciones que acompañaron a la movilización de las guerras. Otros tienen diferentes explicaciones.
Sin duda muchos factores tuvieron que estar implicados, pero casi todo el mundo parece querer ignorar el más obvio. El período en que el capitalismo parecía capaz de extender y ampliar la prosperidad también fue, precisamente, el período en que los capitalistas sentían que no eran el único equipo en la ciudad: cuando se enfrentaban a un rival global como el bloque soviético, a los movimientos anticapitalistas revolucionarios desde Uruguay hasta China, y a la posibilidad real de levantamientos de los trabajadores en sus propios países. En otras palabras, en lugar de las altas tasas de crecimiento que permitirían una mayor riqueza para que el capitalismo se extendieran, el hecho es que los capitalistas se vieron en la necesidad de comprar al menos una parte de las clases trabajadoras, colocando más dinero en manos de la gente común, creando cada vez una mayor demanda de los consumidores, que fueron en gran medida los responsables de las tasas notables del crecimiento económico que marcó la “edad de oro” del capitalismo.
Desde la década de los 70, a medida que la significativa amenaza política retrocedía, las aguas capitalistas volvieron a su cauce original, es decir, las desigualdades salvajes, con un mísero 1% que preside un orden caracterizado por el aumento del estancamiento tanto social como económico, e incluso tecnológico. Fue precisamente el hecho de que las personas se creyeron que el capitalismo inevitablemente se civiliza a si mismo, lo que le ha garantizado el no tener que hacerlo.
Piketty, por el contrario, comienza su libro denunciando “la perezosa retórica de la lucha contra el capitalismo”. Él no tiene nada en contra del capitalismo en sí, o incluso, todo sea dicho, en contra de la desigualdad. Él sólo busca proporcionar un cierto control sobre la tendencia del capitalismo a crear una clase inútil de rentistas parasitarios. Como resultado de ello, sostiene que la izquierda debe centrarse en la elección de los gobiernos dedicados a la creación de mecanismos internacionales para gravar y regular la concentración de riqueza. Algunas de sus sugerencias -¡un impuesto sobre la renta del 80%!- pueden parecer radicales, pero todavía estamos hablando de un hombre que, habiendo demostrado que el capitalismo es una gigantesca aspiradora creada para chupar riqueza y depositarla en el saco de una pequeña élite, insiste en no desenchufar simplemente la máquina, sino que tratemos de construir otro artefacto succionador, un poco más pequeño, que trabaje en la dirección opuesta.
Lo que es más, él no parece entender que -no importa cuántos libros venda, o las cumbres que sostenga con luminarias financieras o miembros de la élite política- el simple hecho de que en 2014 un intelectual francés de tendencia izquierdista pueda, de manera segura, declarar que él no quiere derrocar el sistema capitalista, sino que solamente  pretende salvarlo de sí mismo, es la razón por la que este tipo de reformas nunca van a tener éxito. El 1% no está preparado para expropiarse a sí mismo, incluso si se le preguntase amablemente. Y han invertido los últimos 30 años en la creación de un efectivo cerrojo de los medios de comunicación y la política, para asegurarse de que nadie lo hará por la vía electoral.
Ya que nadie en su sano juicio desearía revivir algo parecido a la Unión Soviética, tampoco vamos a ver nada parecido a la socialdemocracia de mediados del siglo XX, creada para luchar contra dicho bloque. Si queremos una alternativa al estancamiento, el empobrecimiento y la devastación ecológica, mejor vamos a tener que encontrar una manera de desconectar la máquina y empezar de nuevo.
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Empezar de nuevo – Dugutigui (Traducción de un artículo de David Graeber)

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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