tarzán – (es)

Si no hubiese sido por algunas visitas dispersas al único cine-teatro de mi proyecto de ciudad, para ver a una película de Tarzán, todo mi conocimiento de África se reduciría –me avergüenza decirlo– a prácticamente nada (no empecéis a sonreír, posiblemente vuestro caso no sea muy diferente…).
Y por increíble que pueda parecer, Tarzán me recuerda a mi abuela. No, no es eso. No es que se parecieran en nada –no muy afortunada esa primera frase– sino que era esta dulce dama la que antes de salir de casa, me subía el cuello del abrigo –recordándome respirar por la nariz, detrás de una bufanda, para no acatarrarme– y me acompañaba a la sesión de noche en la que se proyectaba la cinta.
A mi abuela también le gustaba Tarzán o, mejor dicho, sus películas. No podría asegurarlo, aun usaba pantalón corto y se me helaban las piernas, pero creo que no nos perdimos ninguno de los filmes del inolvidable Johnny Weissmuller que se proyectaron en nuestro pueblo. Lo que si recuerdo con claridad es que fueron películas por las que no solo sentí una profunda devoción, sino que, de alguna manera, me influenciaron indeleblemente; aunque parte de esta magia también radicaba, sin duda, en su asociación a mis primeras incursiones en la noche.
Visto en perspectiva, ciertamente las películas de Tarzán son una obvia representación audio-visual del colonialismo imperante en aquellos días. La dicotomía entre civilizados y salvajes, es decir, blancos y negros, estaba claramente plasmada en las acciones de los personajes, la indumentaria y el diálogo. Eso sin mencionar que el creador del personaje, el novelista Edgar Rice Burroughs, nunca puso un pié en el continente africano, o que la frondosa “jungla” prosperaba en las inmediaciones del lago Sherwood, Westlake Village, California, USA.

¡Pero hey! ¿qué hay de la valentía de Tarzán cuando desesperadamente y sin despeinarse luchaba con un cocodrilo curiosamente rígido en un infesto río africano?  Los minutos que era capaz de aguantar la respiración, debajo del agua –cierto, fuera no le hacía falta– con un cuchillo romo entre los dientes, escena que serviría de inspiración a un más contemporáneo y obtuso Rambo… Johnny Weissmuller, insuperable nadador –oro  Olímpico en 1924 y 1928– incluso en sus ultimas interpretaciones del personaje, cuando ya un poco orondo le costaba su tiempo introducirse dentro del taparrabos. Razón, tal vez, por la que el inolvidable Hombre Mono, decidió bajar del árbol para convertirse en el poco creíble Jungle Jim de películas B, que fueron machaconamente pasadas –durante décadas– por famosas cadenas de televisión, principalmente por su compromiso con la mediocridad, y que mantuvieron los michelines del Rey de la Selva vestidos –y alimentados por varios años más.
¿Y la insinuante sensualidad de Jane? la preciosa actriz irlandesa Maureen O’Sullivan, imperturbable, aun rodeada de amenazantes sonidos de animales acechantes en la oscuridad, mostrando su armonía con la selva y lo salvaje, su hábitat natural, aunque nunca lo hubiera sospechado: “Un ruido horrible ¿lo has oído?… No sé, es parte de todo esto… y lo amo ¿quién no?… mira, ¿no es maravilloso? y lo gracioso es que me siento como en casa”. No mentía, estaba en casa. En California.
O la soberbia demostración de su profundo conocimiento acerca de: “¿Por qué nunca se encuentra un elefante muerto en la selva?…” Ella describe el cementerio clandestino de los elefantes: “… Un elefante puede intuir siempre cuando la muerte viene por él… Y cuando escucha la llamada, hay un lugar secreto hacia el que deambula… Un lugar donde sus huesos podrán yacer junto a los de sus antepasados… Un lugar de descanso”. Que profundo… ¿no crees?  Mi primer amor. Etéreo, de celuloide, como deben ser los amores de verdad: cinematográficos, no necesariamente creíbles o, mejor, descaradamente increíbles.
O las monadas de Chita, el entrañable chimpancé –esto antes de inventarse la zoofilia–, compañero de andanzas del protagonista, a veces macho, otras, hembra, siempre alivio cómico, capaz de transmitir mensajes entre Tarzán y sus aliados y de disparar un rifle – ¡Dios salve a América!– después de dos semanas de duro entrenamiento, y un agujero en el pié de su cuidador, orgulloso/a poseedora una estrella grabada en el Paseo de las Estrellas de Palm Springs.
Y aunque no recuerde algunos de los Reyes Godos, aún hoy consigo recitar el dialogo de una escena de Tarzán de los Monos en la que, una noche, alrededor de la fogata, Holt expresa su interés en la hermosa y encantadora Jane, pero ella no se compromete:
Holt: … Usted sabe, Jane. No soy un tipo romántico de persona o algo por el estilo, pero si, eh, si conseguimos salir de esta, ¿habría alguna oportunidad para mí?
Jane: ¿Conmigo? No lo sé. Yo… No he pensado mucho en eso.
Holt: Bueno, ¿lo pensará? Creí que odiaba a este país. Pero desde que Usted está aquí, casi me encanta.
Jane: ¿De verdad Harry? Eso me pone muy contenta.
Holt: ¿De verdad?
Jane: Me alegra mucho que le guste África.
Holt: Oh, poof.
Y amigos, el impresionante grito de simio salvaje –como el canto de un simio salvaje educado en el Tirol– de un Weissmuller columpiándose entre los chopos, que tantas horas pasé intentando imitar, siendo ajeno a la misma imposibilidad que encontraron los siguientes protagonistas de la saga y que forzó a la MGM a producirlo en un estudio de grabación.
Pero en los años 60 y con menos de diez años ¿a quién le podían preocupar esos “pequeños” detalles técnicos?
No sabría decir si pesaba sobre mi conciencia, que todo mi conocimiento sobre África se basase en unas películas hechas en California 30 años antes, pero cuando un colega me preguntó, en 1990, si me gustaría trabajar en un proyecto en Liberia, África, mi respuesta, casi automática, fue: “¡Sí… no tengo un céntimo!”, para automáticamente darme cuenta de que no tenía la mas remota idea de la existencia de aquel país. Pero sí tenía un mapamundi en la pared de la oficina, por lo que mi pánico no duro mucho. O al menos eso creía.
Pero eso es otra historia.

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Tarzán – Dugutigui

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About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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