un golpe de suerte – (es)

Amina se sentía feliz y ciertamente tenía razones para ello. Su inversión en la recién creada Bolsa, le había rendido pingues beneficios. Y rápido.
—Estoy muy contenta y he tenido muchísima suerte. He hecho $75,000 en solo 38 días, desde el momento que invertí en esa compañía —comentaba a su amiga Sahra, mientras paseaban descalzas por la solitaria playa.
—Lo cierto es que te has arriesgado mucho —observó su amiga—. Invertir la totalidad de lo que obtuviste por el divorcio de tu ex-marido en una nueva empresa, ha sido, cuando menos, temerario.
—Y ¿qué querías que hiciese con ello? No había muchas opciones ¿no crees? El muy idiota. Nunca pensé que sirviera para algo y mira por donde… —reflexionaba Amina en voz alta—. En los diez años que estuvimos juntos, nunca fue capaz de ganar el suficiente dinero como para que tuviésemos una vida decente. Si llegara a enterarse de mi éxito, se estaría tirando de los pelos.
—Sí. Con los hombres nuca se sabe. Y Mohammed, desde luego, no era muy brillante que digamos —estuvo de acuerdo Sahra—. Por cierto ¿dónde anda ahora ese cretino?
—Hace tiempo que no se nada de él. Desde que se fue al norte —dijo Amina, con un matiz de tristeza—. Supongo que habrá empezado a trabajar en alguna de esas nuevas empresas que se están abriendo por toda la costa. Su profesión está ahora de moda, así que no creo que tenga problemas de trabajo.
— ¿Aún piensas en él? —quiso saber Sahra.
—A veces… —confirmó honestamente Amina—; pero a partir de este éxito financiero, creo que me voy a olvidar completamente de él. Y muy deprisa.
Las dos se rieron.
— ¿Volvemos? —Preguntó Amina—. Pronto oscurecerá.
—Sí, vamos.
En su camino de vuelta saludaron a algunos hombres que estaban avituallando su bote, pera hacerse a la mar.
La suerte de Amina Ibrahim, una joven y bella divorciada de 22 años, había comenzado unas semanas atrás, con la apertura de aquella especie de mercado bursátil. La base era un negocio lucrativo que había atraído a los financieros de la diáspora somalí y de otras naciones, y las bandas de Haradheere habían puesto en marcha aquella “Bolsa de Valores” para gestionar sus inversiones.
Los piratas fuertemente armados de esa anárquica nación del Cuerno de África  aterrorizaban las rutas marítimas del Océano Índico y el estratégico Golfo de Adén, que une Europa con Asia, a través del Mar Rojo y el canal de Suez.
Los diferentes grupos piratas estaban haciendo decenas de millones de dólares a través del cobro de rescates, a pesar del despliegue de fuerzas navales extranjeras, que sólo parecía haber forzado a los cazadores de barcos a operar en zonas cada vez más alejadas de la costa.
Habían pasado cuatro meses, durante las ya olvidadas lluvias del monzón, desde que decidieron crear una “Bolsa de Valores”, la cual comenzó con quince “Compañías Marítimas”. Y como el capitalismo es el rey —incluso en la caótica Somalia—,  ya contaban con más de setenta y dos “entidades” inscritas. Diez de ellas, hasta el momento, habían tenido éxito y habían logrado secuestrar a otros tantos barcos, algunos navegando por rutas tan lejanas como las aguas que bañan las paradisíacas Seychelles.
Al mejor estilo “Wall Street”, cualquiera que lo desease podía comprar “acciones” y todo el mundo podía participar de alguna manera, tanto personalmente —en mar o en tierra—, como invirtiendo dinero en efectivo, armas o cualquier cosa útil para el “negocio”.
Inteligentemente habían logrado integrar la piratería como una actividad más de la comunidad. De hecho, la nueva Bolsa de Valores había demostrado ser un medio importante para que los piratas ganasen el apoyo de la comunidad local para sus operaciones, a pesar de los peligros que esto conllevaba.
Haradheere, a 400 kilómetros al noreste de Mogadiscio, solía ser un pequeño pueblo de pescadores. Ahora era una ciudad bulliciosa donde los lujosos 4×4, propiedad de los piratas y de los que los financiaban, formaban ruidosos atascos de tráfico a lo largo de sus polvorientas calles llenas de baches.
El Gobierno de Somalia del presidente Sheikh Sharif Ahmed, respaldado por Occidente, se encontraba inmovilizado luchando contra los rebeldes islamistas de línea dura y controlaba poco más que unas cuantas calles de la capital. No tenía ninguna influencia en Haradheere, donde la piratería local pagaba por casi todo.
El distrito recibía un porcentaje de cada rescate cobrado a los armadores de los buques que eran puestos en libertad, y este se destinaba al mantenimiento de la precaria infraestructura pública, incluyendo hospitales y escuelas públicas.
En un país asolado por las sequías, que no podía proporcionar ninguna oportunidad de trabajo a los jóvenes, muchos habían cedido a la seducción de la riqueza rápida que veían posible obtener en el mar.
La “Bolsa” de Haradheere estaba abierta las 24 horas del día y servía como punto de reunión en la bulliciosa ciudad. Además de inversores, sollozantes esposas y madres solían acudir en busca de noticias de sus familiares varones desaparecidos en combate.
Cada semana, miembros de las bandas y equipos de trabajo se perdían en alta mar. Pero esto no iba a disuadir a los piratas.
Los rescates habían aumentado en los últimos meses desde los $2-3 millones a los $4 millones, aumento paralelo al crecimiento del número de “accionistas” y de los riesgos.
A pesar de que las armadas, que patrullaban la zona incesante e infructuosamente, trataban de detenerlos, los amigos de Amina no se sentían preocupados.  Su lema: “Conseguirlo o morir”.
ooOoo
A su divorcio de Mohammed, Amina había sido compensada con cuatro viejos lanza-gradas de fabricación soviética y diez cajas de munición. Y esta, precisamente, había sido su inversión en la recién creada “Bolsa” de Haradheere. Como ella, mucha gente acudía con su capital e invertía en cualquiera de las empresas de Capital de Riesgo que aparecían en el gran tablero, y cobraban por sus boletos. Si regresaban con algún barco… Literalmente.
La empresa elegida por Amina había liberado un pesquero español y, de ahí, su éxito.
Ciertamente, algunos estaban haciendo más dinero que muchas personas que trabajaban, por aquellas fechas, en Wall Street…
Amina también estaba acertada en otra cosa. Su marido, Mohammed, se encontraba empleado como “vigilante” de un barco de pesca tailandés, cerca de la costa, mucho más al norte. Aún no había visto un centavo.

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Un Golpe de Suerte – Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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4 Responses to un golpe de suerte – (es)

  1. Carmen says:

    Muy buena la historia. Me pareció harto curioso, cuando en Egipto, en medio de uno de los bazares, empezaron con el ¡compra, vende! sobre papeletas escritas a mano en carácteres cúficos.Todo esto, rodeado de vendedores gritando habibi, y viejos adorables destentados intentado comprar a las occidentales con camellos/ovejas o lo que se terciara.

  2. dugutigui says:

    Gracias, pero no tan íntima como las tuyas. BTW ya estabas en mi blogroll antes de este comentario (sonrisas). Y espero que llegues a Atlanta o que encuentres -aquí- una Public House como es debido…

  3. Mi estimado nuevo amigo, permíteme decirte que me ha gustado tu historia. Muy atada a la realidad, aunque sobra decirlo, cierto? es una característica en tus escritos. Quizás, tan sólo debería agregar que hoy en día el mejor negocio se llama divorcio o separación.

    Yo que en mi otra vida, me separé un día, y la bruja hizo el mejor negocio de su vida!! NO sé si ya se conoce con Amina, pero yo sigo como Mohammed: de vigilante!!

    Vigilo cada centavo que llega a la parroquia. Si no fuera porque Roma me envía cajitas de vino de consagrar, en la parroquia sólo veríamos agua… agua bendita, eso sí!!

    Bendiciones con intereses a lo Wall Street y aprovecho para agradecerte tus palabras en tus últimas confesiones.

    • dugutigui says:

      Preciado Príncipe de la Iglesia, Vuesa Eminencia Cardenal Farenas:

      Henchido mi corazón late por Su versado verbo, gentil continente para un docto contenido. Es heteróclita regalía recibir en mi plebeya mancebía persona de tanta alcurnia. Y patente es -¿en qué otra forma sería?- que Vuesa Eminencia no hierra en el dogma que declama.

      Hacedero es, que a los excelsos oídos de su Eminencia llegase empero, el adagio que transita la parroquia:

      “El divorcio no refleja tanto el fracaso del amor como la determinación de la gente a no vivir sin él”.

      Por lo que cuídese, mi Señor, de volver a acatarrase y dedique su alto ingenio mucho más a sus quehaceres que a las inciertas venturas. Verdad es bien conocida que persona cuerda de un blog divorciarse no pueda, al menos en esta vida. Y avizore al sacristán, no vaya a carmenar el corcho de su comida.

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