un chiste afro-americano – (es)

Thomas se estaba partiendo de la risa. Una risa convulsiva, por incontrolable y nasal, que le había llenado los ojos de lágrimas y el abdomen de punzadas. Era de ese tipo de risa reprimida de iglesia, que a veces, en su infancia, le solía entrar espontáneamente en medio del sermón, contagiando seguidamente a todos los que estaban a su alrededor y que, aun sin conocer el motivo de la misma –lo que le incluía a él–, terminaban abandonando apresuradamente la eucaristía, temerosos de la ira de Dios, pero incapaces de parar de reírse y bajo la encendida mirada del padre Peter.
No podía parar, pero al mismo tiempo no quería despertar –por segunda vez– a Rose, la cual roncaba placidamente en el cuarto contiguo. Se estaba tapando la boca con las dos manos, pero aún así fuertes resoplidos salían disparados por los grandes orificios de su nariz, acompañados de alguna que otra carcajada incontrolable que bien hubiera hecho salir volando su dentadura postiza, si la hubiera tenido puesta en aquel momento. Ni podía parar, ni siquiera se le había ocurrido el hacerlo. Y, a diferencia de lo que le solía ocurrirle en la iglesia del padre Peter, esta vez si tenía una razón: el chiste que acababa de oír en la comedia afro-americana, que estaban dando en la televisión enfrente de el.
Al cabo de un rato consiguió controlarse. Brevemente. Hasta que volvió a recordar el dichoso chascarrillo y un nuevo ataque le hizo saltar del sillón y salir a carrera hacia el baño, donde se encerró entre alegres carcajadas.
Una vez casi recuperada la compostura, abrió la puerta del aseo para encontrarse de frente a Rose, con los brazos en jarras y observándolo como si se tratase de un lunático.
–Viejo chiflado –dijo esta. Lo que provoco que a Thomas le volviera la risa aún con más fuerza, esta vez con abiertas y sonoras carcajadas.
Rose entró en el baño meneando la cabeza. Eran más de las 5 de la mañana y entraba a trabajar en menos de una hora. Thomas, que volvía a estar tumbado en su ajado sillón, con una sonrisa de oreja a oreja, pensó en contarle el chiste a Rose, pero cambió de idea al recordar el codazo que esta le había dado en el estómago, tres horas antes, cuando Thomas trató de despertarla, arrimándose a ella por detrás, como una lapa, y sujetando un pecho con su mano. – ¡Vieja bruja! –pensó, mientras se acariciaba la zona afectada. Pero ese mal recuerdo no hizo que cambiara su buen humor.
Los ruidos de agua y frascos que Rose hacía en el baño terminaron después de unos minutos y después los de los cacharros y la cafetera, que provenían de la cocina. A continuación Thomas la escuchó dirigirse hacia la salida del modesto y diminuto apartamento. Y finalmente, como todos los días, también tuvo que escuchar el cotidiano recordatorio de que sacase la basura.
–Pervertido carcamal –añadió Rose a modo de despedida, antes de cerrar la puerta tras ella.
Después de tanto reírse, Thomas se sentía bastante agotado y además no tenía nada que hacer a aquellas horas de la mañana. Se había jubilado hacía ahora siete años y su única actividad, aparte de sacar la basura, era reunirse con Paul en el parque, mucho más avanzado el día, y discutir sobre las Grandes Ligas y las pequeñas anécdotas de la vida. Se acostó, contento de disponer de toda la cama para el solo, y en unos minutos se quedo dormido como un angelito. Con una gran sonrisa iluminando en su cara.
Sobre las once de aquella misma mañana, Thomas ya se encontraba buscando su gorra de béisbol para acudir a su cita diaria en el parque Johnson, a unas manzanas del desvencijado edificio en el que había vivido con Rose los últimos treinta y cinco años. Esa era la parte del día que más le gustaba y hoy estaba ansioso por contarle a Paul el chiste que tanta gracia le había hecho durante la pasada madrugada. Ambos habían trabajado en la misma factoría durante varias décadas, aunque Paul se había jubilado recientemente y no estaba casado  –hecho este que Thomas consideraba una sabia decisión. Ciertamente ambos eran dos almas festivas que se apreciaban mutuamente.
Una vez que la vieja gorra negra ya estaba cubriendo sus funciones y ocultaba su maraña de pelo gris, un poco descuidado, un poco largo y de imposible peinado, salió del apartamento y cerro la puerta. Llegando a la escalera recordó contrariado la maldita bolsa de la basura.  – ¡Bruja africana! –murmuró entre dientes; para regresar por donde había venido y recogerla. Ya en la calle, enfrente del contenedor de la basura, se dio cuenta de que también se había dejado su dentadura postiza, pero no pensaba volver a subir los cuatro pisos y además no iba comer nada. Por otra parte, Paul ya debía estar en el parque y, según se estaba desarrollando aquella mañana, no quería que también se le olvidara el chiste. Metió las manos en los bolsillos de su sudadera y se dirigió a su encuentro con su amigo.
Como esperaba, Paul ya estaba sentado en el banco del parque en el que solían encontrase y alimentaba a algunas palomas con migas de pan duro.
–Hola Paul ¿Cómo llevamos la mañana?
–Hola hermano –contestó Paul. –Se hace lo que se puede. Y tú ¿porqué vienes tan sonriente esta mañana? Déjame adivinarlo. Rose se ha vuelto loca de pasión y no te ha dejado pegar ojo.
–Bueno, no exactamente –negó Thomas. –Loca sí, pero no de pasión. Más bien es otra cosa.
– ¡Ha ha ha! Sí, te creo –rió Paul. –Bueno, cuenta. Me muero por saber que te hace tan feliz.
–Es un chiste que oí esta madrugada en una reposición de Sammy M –aclaró Thomas, sentándose en el banco. –Se trata de un gran empresario blanco de la Gran Manzana que está de vacaciones en África. Como se aburría en el hotel, decidió salir a dar un paseo por la playa. Una playa de esas que tienen los hermanos allí abajo, con arena blanca y cocoteros inclinándose sobre el mar. Bueno, al poco de estar caminando divisó un hermano tumbado en la arena, bebiendo agua de un coco y acompañado de dos hermanas, de esas que están prohibidas aquí hace años. Los tres estaban en ropa interior, a la sombra de una palmera y las hermanas no paraban de besuquearlo y acariciarlo, una a cada lado.  Al pasar el blanco, las hermanas le sonrieron y una le guiñó un ojo, mientras que el hermano seguía, impasible, chupando del coco. El blanco siguió su camino, contrariado por lo provocativas que eran las hermanas y, sobre todo, por ver a aquel pobre negro sumido en una vida indolente y sin objetivos. Al rato el empresario volvía sobre sus pasos y esta vez fue saludado con la mano por las sonrientes hermanas y por el hermano, por lo que decidió acercarse y ofrecer su experto consejo a aquel simpático, pero pobre africano.  Al llegar cerca de ellos dijo, dirigiéndose al hermano:
Ves esos cocos ahí arriba. No tienen dueño, así que podrías coger unos cuantos y llevarlos al mercado para venderlos, con lo cual harías un dinerito. En poco tiempo tendrías el suficiente como para comprar una bicicleta con un carrito y así poder trasportar más cantidad al mercado y generar más beneficio. No tardarías en hacer bastante dinero como para comprar una furgoneta y ampliar considerablemente tu negocio. Después un camión y pronto toda una flota. El siguiente paso sería comenzar a exportar los cocos y construir un conglomerado empresarial. Y, a la vuelta de unos años, estarías en posición de tener una vida de puta madre –concluyó.
El hermano sonriente, pausadamente depositó el coco en la arena y posó cada brazo sobre los hombros de las monumentales y cachondas hermanas y, con su cara vacilona, le dijo:
Y ¿qué cojones piensas que estoy haciendo ahora mismo?

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Un chiste afro-americano – Dugutigui
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P.D.: Alguien, en otra parte del blog, me preguntó si conocía la historia detrás de la foto de los dos negros riéndose ( https://damantigui.wordpress.com/contac ). Y lo cierto es que no. No obstante esa foto es muy especial para mí, por lo que creí que se merecía una historia.
Durante algún tiempo estuve coleccionando fotos de gente riéndose; no la típica sonrisa falsa de los comerciales, sino la sonrisa genuina de la gente normal. Tampoco incluí en mi colección niños sonrientes, porque estos siempre son genuinos y por tanto esas fotos no son especiales –al menos para mí. Si buscas en Internet, no encontrarás muchos adultos sonriendo sana y abiertamente. Siempre encontraras un deje de falsedad, un rictus de cinismo, un no se qué que no acaba de cuadrar. El mundo en el que vivimos es así y, por otra parte, la misma presencia de una cámara nos predispone a posar, lo que estropea el encanto y la frescura de los gestos genuinos de las personas. De toda esa colección –de no más de 10 fotos– la mejor, con diferencia, es la foto de más arriba, y es por eso que es muy especial para mí. Siempre que la miro me siento mejor y observándola detenidamente, aparte de acabar riendo, siempre me he preguntado –como se preguntaba ese alguien– que clase de vivencias puede haber detrás de esos dos, para que se estén partiendo de la risa de esa manera tan natural.
Con seguridad, su historia era mucho mas divertida que la mía.

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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