una noche en iowa – (es)

Alvin estaba medio congelado, a pesar de que en su interior ardía un sordo cabreo que le hacia maldecir su suerte.
— ¡Puto maricón! —gritó, para instintivamente echar un vistazo a su alrededor, por si alguien pudiera haber oído su políticamente incorrecto exabrupto.
Algo poco probable, dadas las circunstancias.
Eran alrededor de las tres de la mañana de una cerrada noche, encapotada y sin luna. La oscuridad era total, —Tan negra como los sueños de un viejo —pensó con desmayo. Y allí estaba él, de pie, con las manos profundamente enterradas en los bolsillos del anorak y en medio de la nada —a no ser que aquella sinuosa carretera de montaña, del interior de Iowa, pudiera ser optimistamente considerada como alguna parte del mundo civilizado.
La helada que estaba cayendo era de las que hacen época y la temperatura debía rondar los ocho grados bajo cero, lo que obligaba a Alvin a moverse nerviosamente de un lado para otro, tratando de reponer el calor que su cuerpo perdía indefectiblemente a través de su atuendo invernal; el cual, aunque apropiado para ir a comprar el periódico al quiosco de la esquina, distaba mucho de ser el vestuario ideal para hacer una expedición al polo norte. O pasar una noche al raso en el norte de Iowa en el mes de noviembre, lo que no debe distar mucho de las proezas del buen Admunsen.
De vez en cuando el aullido melancólico de un lobo se escuchaba a lo lejos, para después ser educadamente contestado por algún otro líder de manada, incapaz de conciliar el sueño, en alguna otra parte de aquellas tétricas montañas. Aunque para hacer honor a la verdad, el término “melancólico” no era el primero que le venía a la cabeza a Alvin en su actual situación.
— ¡Me cago en la leche puta! —murmuró, esta vez entre dientes, tal vez para no llamar más la atención de los amenazantes depredadores. Aun así, volvió a girarse para estar seguro de que no gozaba de ninguna indeseada compañía, acechando en la impenetrable oscuridad de la montaña que se elevaba a su espalda. No detectó nada, paro eso no le hizo sentirse, de ninguna manera, mejor.
— ¡Joder, que día de mierda! —recapacitó, tiritando, entre cabreado y nervioso. Y ciertamente aquel día no había sido el mejor de su vida. Había comenzado con la rotura de una biela del motor de su viejo y diminuto Honda, unas cuantas horas antes y unas cien millas más atrás de donde ahora se encontraba. Y aunque sus conocimientos de mecánica no iban más allá del cambio de un neumático, si fueron suficientes para hacerle comprender que el coche había decidido terminar su penosa existencia en aquel preciso instante y, de paso, estropearle completamente el día. Después vino la espera hasta que una amable ancianita, con una destartalada camioneta, unos labios carmín exageradamente pintados y una pegajosa conversación, se apiadó de él, lo recogió y lo condujo hasta la gasolinera más cercana. Y fue allí donde aquel inmenso camionero que, grotescamente, se estaba dando un festín de hamburguesas, patas fritas y café, se ofreció a llevarle hasta Forest City, el destino final de Alvin, a unas 300 millas de distancia de aquella apestosa cantina de carretera secundaria.
— ¡Maldito cerdo pervertido! —recordó, al tiempo que una involuntaria arcada trató de abrirse paso a través de su garganta, para morir, ahogada, en un baño de ácidos que inundó su boca. Y no fue producto de haber comido algo en mal estado, sino, más bien, del recuerdo de haberse despertado, en la cabina de aquel inmenso camión, con una extraña erección. Y con una inmensa mano peluda acariciando sus genitales. Aquel bruto de 150 kilos era capaz de conducir con una mano, pasarse la lengua por los labios, lanzar besitos, y agarrarlo por la entrepierna con la otra. Al mismo tiempo. Toda una demostración de multifuncionalidad; en otra circunstancias…  — ¡Hijo de la gran puta! ¡Ojala te vayas por un precipicio con tu jodido camión-burdel! —Deseó Alvin con vehemencia, incapaz de recobrar la compostura.
Como era de esperar de alguien que no tiene planeado ampliar sus horizontes sexuales en un futuro cercano, Alvin exigió que parase aquel trasto inmediatamente y lo dejase allí mismo, petición que aquel cafre pareció meditar por unos minutos interminables. Y después de, aparentemente, decidir que no valdría la pena romperle el cuello a aquel blando blanquito de Forest City, el inmenso toro grasiento paró el camión y le permitió abandonar el vehiculo, no sin antes lanzarle un último besito, que casi hizo caer a Alvin desde al cabina.
Ahora, después de varias horas en las que no pasaba ni un solo vehiculo por aquella fantasmal carretera, Alvin no estaba tan seguro de que sería mejor: —Homosexual vivo o heterosexual, muerto por congelación. Y esa extraña disyuntiva aún consiguió arrancarle una leve y pasajera sonrisa a su aterido rostro.
No le duró mucho. El intenso frío y una densa niebla que comenzaba a rodearlo, le hicieron volver rápidamente a su cada vez más desesperada realidad.
Hacía mucho tiempo que Alvin había dejado de creer y aborrecía todo lo que —según él— atufaba a religión, pero, tal vez, por esas deformaciones educativas de la infancia que nos acompañan inexorablemente a lo largo del resto de nuestras vidas, se encontraba en este momento hablando con Dios. Lo penoso de su situación, sin duda, también contribuía a su actual confusión.
— ¡Dios mío, si pasara algún coche me colocaría en medio de la carretera y lo haría parar! —imploraba—. ¡Dios mío, si no me ayudas, no creo que llegue a mañana!
Y el coro de su plegaria parecía ser entonado por los cada vez menos melancólicos y más cercanos aullidos de los lobos, lo cual parecía inducir a Alvin a continuar con su letanía con más intensidad y devoción.
De repente, en medio de su espontánea oración, escuchó un sonido diferente, a varios metros de distancia, lo que puso todos sus sentidos —y la mayor parte de los pelos de su cogote— en estado de máxima alerta. Se quedó tan inmóvil como una roca y agudizo su oído, pero aun así no consiguió identificar la fuente del ruido, como un runrún, que se acercaba lentamente hacia él. No fue capaz de tomar una decisión y, por otra parte, aquel murmullo crujiente no parecía ni humano ni animal—aunque esto no le resulto, en absoluto, tranquilizante. De este modo, el pánico y la indecisión lo mantuvieron petrificado y clavado en el mismo sitio, al pie de la carretera.
La oscuridad y la ya impenetrable niebla hacían imposible distinguir nada más allá del alcance de la mano y el murmullo, por otra parte, aumentaba y se aproximaba inexorable hacia él.
Y de repente lo vio.
Justo a dos o tres metros, enfrente de él, un inmenso coche completamente negro comenzó a hacerse visible. El vehiculo discurría lentamente, sin luces y con el motor apagado; pero la extrema agitación de Alvin no le permitía evaluar estos pequeños detalles.  Supo, con claridad meridiana, que o aprovechaba esta oportunidad caída del cielo, o mañana tendrían que recogerlo con la ayuda de un soplete.
Así que, cuanto el coche negro pasaba justamente por delante de él, Alvin abrió la puerta de atrás y saltó dentro.
— ¡Perdonen! ¡No se asusten! —Imploró, casi gritando— ¡No quiero hacer daño a nadie! ¡Solo deseo que me acerquen a la próxima gasol…! —y, de repente, se dio cuenta de que el gran coche negro estaba completamente vacío. De nuevo, su mente quedó en blanco, su cuerpo petrificado, sus pelos como alambres electrificados y sus manos agarradas con fuerza a los respaldos de los asientos delanteros. Eran sus ojos los únicos que bailaban a gran velocidad, tal vez, intentando encontrar una explicación a lo inexplicable. Y fueron sus ojos los que, a pesar de la deficiente visibilidad, fueron capaces de percibir que el vehiculo de dirigía directo hacia el precipicio, al final de la curva. Paralizado, sus uñas se clavaron aun más en el cuero de los asientos. Sabía que tenía que bajarse inmediatamente o moriría en el fondo del barranco junto con aquel ataúd negro de lata, pero no podía moverse. Y justo, en el último instante, cuando el vehiculo estaba a un par de metros del precipicio, un fantasmagórico brazo unido, en su extremo, a una huesuda mano —como suele ocurrir con casi todos los brazos— apareció de la nada y giro el volante, haciendo al vehiculo enfilar la carretera nuevamente.
Y no es que aquella mano huesuda le hubiese recordado aquella otra regordeta y peluda de hacía unas horas. No, no fue eso. De hecho su cerebro no estaba para rememoraciones ni razonamientos. Era ahora su medula espinal la que había tomado control de la situación con órdenes directas a los músculos. Así que Alvin abrió la puerta del gran coche negro, saltó fuera y empezó a correr y correr carretera abajo, como alma que lleva el diablo —nunca mejor empleado el término.
Nunca fue consciente del tiempo que estuvo corriendo. Tampoco prestó atención a sus pulmones a punto de estallar. Su única idea era poner tierra por medio de aquella terrible alucinación en forma de gran coche negro.
Finalmente distinguió una aureola brillante a la vuelta de una curva, que, al acercarse, se fue materializando en una gasolinera. Llegó allí gritando y haciendo aspavientos al único empleado que se encontraba detrás del cristal de la oficina. Este abrió la puerta y le invitó a entrar y calmarse.
Alvin no paraba de repetir la extraña historia del coche negro mientras que el empleado preparaba un café y lo miraba de reojo.
Finalmente, el café, la iluminación y la amabilidad del empleado empezaron a surtir efecto y Alvin comenzó a recuperar la compostura.
—No se preocupe —dijo finalmente el empleado—, al próximo coche que pare a echar gasolina, le pediré que le acerque hasta el pueblo, donde podrá pasar la noche. Ahora tómese el café y cálmese.
—Muchas gracias —consiguió balbucear Alvin. Y pasaron en silencio los siguientes minutos.
Al cabo de un rato una bocina indicó al empleado que un cliente necesitaba sus servicios. Este abandonó la oficina para regresar unos minutos más tarde.
—He hablado con los del coche de ahí afuera y están de acuerdo en acercarle al pueblo.
—Muchas gracias de nuevo —dijo Alvin poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta. Y al abrirla pudo claramente distinguir el coche negro.
Su cerebro ya había tenido demasiado. Gritando como un poseído empezó a correr de nuevo carretera abajo hasta desvanecerse en la oscuridad de la noche.
Oooo000oooO
Amos y Bertha, un apacible matrimonio de sexagenarios de Manson City, se encontraban cómodamente recostados en su amplio Cadillac Fleetwood negro del 68. Estaban realmente cansados, después de haber tenido que empujar el coche durante varias millas hasta la gasolinera al haberse quedados sin combustible. Y desde su cómoda posición pudieron ver a aquel loco salir de la oficina, gritando como un poseído y correr carretera abajo.
— ¿No es ese el individuo que se subió en el coche cuando íbamos empujando? —preguntó Bertha a su marido.
—Creo que sí —dijo Amos—. El muy desconsiderado podría habernos ayudado.
.
Una Noche En Iowa – Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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2 Responses to una noche en iowa – (es)

  1. Javier Arce says:

    Muy bueno.

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