una historia más del vietnam – (es)

Lanh Chu, el tullido.
En una lluviosa tarde de diciembre del año 1975, el año en que finalizó la guerra de Vietnam, un joven de unos veinticinco años se acercó a la fundición de bronce de Nguyen. Dijo llamarse Lanh Chu y venir de una aldea del norte del país. Buscaba trabajo. Su aspecto no le ayudaba mucho. Sólo vestía un pantalón deshilachado, que alguna vez fue de color blanco, y que sujetaba con una cuerda a modo de cinturón. Yendo, como iba, descalzo, se podía observar claramente un tobillo quebrado que confería a su pie derecho una posición inverosímil. Por esta razón, el muchacho necesitaba caminar apoyado en una muleta; más bien una rama recta y acabada en forma de horca, desgajada de algún árbol.
Nguyen rehusó emplear al chico. Por un lado el negocio no iba bien y, por otro, ya tenia empleada a toda la gente que necesitaba. El muchacho insistió. Dijo no querer dinero y que, a cambio de cualquier trabajo en la fundición, sólo pedía un rincón para dormir y un cuenco de arroz al día.  Aún así, Nguyen no estuvo de acuerdo. El tullido asintió, bajo la cabeza con resignación y se dirigió hacia la salida de la fundición. Pero en vez de alejarse, lo que hizo fue acurrucarse junto a uno de los pilares que soportaban el tejadillo  que cubría la entrada, el cual le sirvió de protección contra el chaparrón que, en ese momento, caía.  Allí permaneció durante los siguientes días.
A la mañana del tercer día, el muchacho parecía encontrarse al borde del colapso. Tony, en contra del consejo de su padre, decidió prescindir de su almuerzo y dárselo al joven desfallecido. Lanh sólo fue capaz de balbucear alguna palabra de agradecimiento.
Finalmente Nguyen se vio obligado a ceder a la presión de su familia y admitió a Lanh, el tullido, para que se encargase de mantener el taller lo más limpio posible.
Lanh, en realidad, no provenía de ninguna aldea del norte, sino de Saigón, en Vietnam del Sur.
Lanh achacaba a una mala pasada del destino el haber terminado en Hanoi. El realidad, no había sido su mala suerte la culpable, sino un, mucho más humano, problema de orientación.
Tras la salida de los Americanos de Vietnam, en el año 1973, Saigón se preparaba para la batalla final con Vietnam del Norte. Esta no habría de llegar hasta finales de Abril de 1975, y es, durante ese periodo, cuando Lanh encontró trabajo como ayudante de un corresponsal de prensa inglés.
James Capelin, de Londres, se encontraba más cerca de los sesenta que de los cincuenta y había vivido, intermitentemente, en Vietnam desde el término de la Segunda Guerra Mundial. El Sr. Capelin, católico -aunque no practicante-, estaba casado en Inglaterra, pero compartía dulcemente su vida en Saigón con una preciosa vietnamita de diecinueve años llamada Mai. Lanh era el hermano mayor de Mai y, fiel a  la costumbre vietnamita de ayudarse unos a otros, entre miembros de una familia, cuando alguno de ellos se encuentra en posición de hacerlo; Mai consiguió que James empleara a Lanh, como una especie de chico de los recados.
Lo que en un principio fue un inevitable incordio para James Capelin, se fue convirtiendo, poco a poco, en una cordial relación similar a la de un profesor con su alumno.
Por otra parte, James Capelin no se consideraba con edad para el duro trabajo de campo y poco —o nada— le apetecía aventurarse por la ciudad tan peligrosa en la que se había convertido el Saigón de aquellos días. Parte de su afán por mantenerse en una pieza, podría atribuirse a su placentera relación con Mai, aunque James —seguramente— se hubiera apresurado a negar tajantemente esta apreciación. Así que, por una razones o por otras, el señor Capelin prefería pertrecharse detrás de su de máquina escribir —una moderna Smith-Corona con cartucho de cinta— y enviar a la redacción en Londres historias medio verídicas, o descaradamente falsas. No podría ser de otra manera, si quería seguir cobrando puntualmente su sueldo; base fundamental de su relación con Mai —al menos, desde el punto de vista de esta última.
Muchas de estas ficciones venían de la boca de Lanh y no es que este se lo inventara todo. No lo necesitaba. En el Saigón de aquellos días ocurrían tantas atrocidades, que ninguna noticia, por inverosímil que fuera, podría ser descartada en Londres. A cambio, James le pagaba un ridículo sueldo.
Tal vez para compensar el magro salario, James deleitaba a Lanh con historias acerca del primer mundo y de las muchas oportunidades y lujos que brindaba, a los que tenían la suerte de habitar en él. Obviaba, por otra parte, mostrarse a si mismo como un ejemplo de lo contrario; pero, al fin y al cabo, Lanh también exageraba en sus informaciones. La diferencia estribaba en que James era consciente de las mentiras de Lanh; pero este último no se apercibía de las medias verdades de James. Y esta “fructífera” relación, que duró casi dos años –y a la que, desgraciadamente, puso fin el ejército de Vietnam del Norte-, llenó la cabeza de Lanh de deseos de riqueza y lujo y, en consecuencia, la necesidad de poder emigrar para cumplir sus sueños.
En realidad, a finales de Abril de 1975, Lanh se vio obligado a emigrar; aunque no al primer mundo O dicho con más precisión, Lanh se vio forzado a cruzar, e condiciones penosas, la frontera con Camboya.
En los últimos días de Saigón, la artillería de Vietnam del Norte, situada a pocos kilómetros, bombardeaba constantemente la ciudad.
Dicen, los que saben del tema, que hay ciertos tipos de armas que te matan sin que llegues nunca a enterarte de lo que ha ocurrido. Esto te conducirá, irremediablemente, a pasarte el resto de la eternidad, preguntándote ¿qué diablos te ha pasado? Lo cual, para el creyente, debe ser una perspectiva realmente inquietante. Uno de estos artilugios es el rifle del francotirador.  El proyectil termina con tu vida mucho antes de que el sordo y hueco sonido del disparo pueda alcanzar tu sentido del oido. Otro de estos mortíferos y silenciosos asesinos es el obús. Y fue uno de estos obuses lo que destruyó la vivienda de Lanh. Como cualquier otra pieza de artillería, esta, describió una muda parábola para aterrizar, sin aviso previo, incluso sin causar ningún presentimiento, en el patio trasero de la chabola de Lanh. Entonces, instantáneamente, se desató el infierno. Primero fue la luz, de extraordinaria intensidad, cegadora, rojo amaranto, como una premonición de fuego abrasador y destrucción masiva. Un nanosegundo después, todo saltó por los aires: cristales, astillas, su reloj de pulsera, ropa, una taza, libros, grandes trozos desgarrados de la pared, comida, sillas despedazadas, hojas de periódico calcinándose, alguna cuchara extrañamente retorcida y, en medio de todo aquel caos de objetos ardientes, rotos o deformados, bañados en un calor envolvente y abrasador; también Lanh volaba, con inusitada velocidad, en dirección hacia una de las paredes.
Increíblemente, la pared desapareció delante de sus ojos, antes de llegar a chocar con ella, por lo que atravesó el —ahora— inmenso hueco vació, para aterrizar, contundentemente, contra el asfalto de la calle; muchos metros más allá de donde tranquilamente se encontraba tomando un té, hacía exactamente un segundo.
Si Lanh fue capaz de percibir, en cámara lenta, todo aquello, fue porque tuvo suerte. El obús calló a varios metros de donde él se hallaba. Salió vivo, pero tenía un tobillo destrozado. Aún completamente conmocionado y yaciendo como un fardo retorcido en el suelo, Lanh fue consciente de que su pie derecho se encontraba en una posición poco natural. Un instante después el dolor que provenía de esa parte de su cuerpo, como un afilado estilete, alcanzo su cerebro.  Pero, aunque más intenso, sólo era otro dolor más de los muchos que golpeaban sus sentidos. Apretó los dientes tratando de mitigarlos y aún tuvo la presencia de pensar en levantarse para ir a un hospital; pero antes de ser capaz de transmitir la necesaria orden a sus músculos, Lanh se desvaneció.
Sus vecinos, la familia Phan, se ocuparon de él durante los siguientes días. Cortaron la hemorragia del pie, entablillaron el tobillo, desinfectaron y vendaron las diferentes heridas. También lo alimentaron.
Por desgracia, entre los miembros de la familia Phan no había ningún médico, ni siquiera un veterinario, por lo que los huesos del tobillo de Lanh soldaron de forma un tanto arbitraria.  A la semana, ya se sentía con suficientes fuerzas como para poder moverse; aunque con extraordinaria dificultad —no podía apoyar el pie en el suelo— y con la ayuda de una improvisada muleta de bambú.
Por otra parte la ofensiva final del ejercito de Vietnam del Norte era inminente, tal vez cuestión de horas, por lo que Lanh decidió aprovechar un transporte nocturno con dirección a la frontera con Camboya. El transporte le dejo a unos quince kilómetros de esta.
Disfrazado de campesino, cubierto con su Non ba tam —el típico sombrero cónico, con flecos, que protege del sol y la lluvia—, avanzó penosamente a través de arrozales abandonados y densa selva, alcanzando, al final, su objetivo. El riesgo de que su herida en el tobillo, aún abierta, se infectara era muy elevado. Siempre que tenía ocasión, la limpiaba cuidadosamente; aunque, de todos modos, su mayor preocupación no era esta, sino cruzar Camboya y alcanzar la frontera de Tailandia. Sabía que debería mantenerse todo lo alejado posible de la ruta Hô Chi Minh, plagada en esos momentos de efectivos de Vietnam del Norte en dirección a Saigón. El idioma —no hablaba Khmer— y su peculiar acento del sur, le obligaban a mantenerse callado, o a usar las menos palabras posibles, en las escasas conversaciones que mantenía con otros vietnamitas. Por todas estas razones, Lanh optó por avanzar en la noche y permanecer oculto durante el día. De hecho no fue consciente del momento en que cruzaba, apartado de las rutas principales, la frontera de Laos, que no la de Tailandia, mucho más al oeste.  Cuando se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde. Las lluvias del monzón arrasaban con fuerza campos y montañas, por lo que su penoso avanzar se convirtió en una empresa sobrehumana. No le quedaba más opción que continuar hacia el noreste en dirección a Hanoi, si quería sobrevivir. Esta odisea, de más de mil quinientos kilómetros, le llevo cuatro meses y medio, pero finalmente consiguió su objetivo.
Si Lanh, en su día, se hubiese convertido al catolicismo, como hicieron muchos de sus compatriotas, podría haberse considerado a sí mismo la prueba viviente de un milagro. Pero Lanh no era una persona religiosa, por lo que estos pensamientos no acudieron a su mente. No obstante iba a necesitar algún que otro milagro más, para sobrevivir en la boca del lobo.
Los siguientes meses, los pasó mendigando por las calles de Hanoi, aparentando ser mudo y prestando fino oído al acento de las gentes del norte. Cuando se sintió lo suficientemente seguro de que no iba a ser descubierto por su forma de hablar, decidió buscar trabajo.
Ahora, ya lo había logrado. Permanecería en Hanoi hasta restablecerse completamente —excluyendo, naturalmente, su arruinado tobillo— y, a la menor oportunidad, abandonaría Vietnam para siempre.
A pesar de todo, no había renunciado a sus sueños.
Una historia más del Vietnam – Fragmento de una novela de Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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