¿existe la “civilización”? – (es)

Will Durant solía decir que “la civilización existe con permiso de la geología y está sujeta a cambios sin previo aviso”, lo cual ciertamente tiene sentido, si partimos de la base de que algún tipo de civilización es posible en primera instancia.
Este, como cualquier otro, no es un tema de reflexión nuevo, a nivel individual. Desde Platón a Nietzsche, desde Gandhi a Ortega y Gasset, muchos pensadores han reflexionado acerca de los orígenes, el futuro, las ventajas, los inconvenientes, lo que es, lo que no es y lo que debería o no debería ser. No obstante todos ellos parten de un mismo paradigma: La civilización existe.
Yo, presuntuosamente, difiero.
Civilización, en su más arcaica interpretación, como la definición del comportamiento de la gente en contraste con la barbarie, no pasa de ser otro de esos grandilocuentes vocablos, vacíos de cualquier contenido empírico -como democracia, justicia, etc.-, que por repetido hasta la saciedad, no deja de ser mas que una palabra hueca, producto de un lenguaje que se creó y se ha perfeccionado, únicamente para que nos podamos seguir engañando los unos a los otros y, así, sobrevivir en esta jungla salvaje en la que cada día que pasa estamos más inmersos.
Si por civilización hemos de entender que la gente ya no se pega con un garrote, sino que las injustas imposiciones se aplican de una forma más sofisticada, efectiva y soslayada, entonces si hemos avanzado en ese sentido. Pero no es la civilización lo que ha evolucionado, sino la barbarie, que se ha vuelto más subliminal y menos evidente, auque no por eso menos brutal con la mayor parte de los individuos de la especie humana y -por extensión- de otras muchas especies. Además, esto no puede ser considerado como civilización, sino, como mucho, como civismo. Un civismo, eso sí, impuesto a base de una educación sesgada y deficiente, acompañada de porras y barrotes -características que, curiosamente, definen la barbarie- y que solo beneficia a unos pocos, siempre los mismos: las clases dirigentes. Un civismo que cuando la porra y los barrotes no son suficientes, recurre a la más pura expresión de la barbarie: la guerra. Un civismo impuesto -palabras estas ya de por sí antagónicas- que, al igual que la religión, nunca tuvo demasiados reparos con el quinto mandamiento.
Ciertamente el concepto de civilización ha sido ensalzado desde el poder, de arriba hacia abajo, al ser ese mismo poder una –autoproclamada- característica fundamental de lo que nos han ensañado debe ser una sociedad civilizada. En otras palabras, la ficticia civilización debe ser buena y necesaria, porque sin civilización las estructuras políticas más complejas -el estado y la iglesia, entre ellas-, no podrían existir.
De hecho, estas instituciones aberrantes y arbitrarias se han fortalecido a costa del resto de la sociedad, de modo que pretenden ser capaces de sobrevivir, incluso cuando la barbarie campe de nuevo por sus fueros, a lo largo y ancho de esta bolita verde-azul que flota graciosamente indiferente alrededor del sol.
Así que la cuestión hoy día ya no es si la civilización existe o ha existido nunca. La cuestión es una cuestión de tiempo: ¿Cuánto va a tardar esta falsa ilusión de civilización en volver a llamarse por su nombre de siempre, barbarie pura y dura?
Hay dos factores que están acelerando exponencialmente la transición de la cruda falacia a la cruda realidad, de la barbarie sofisticada a la barbarie del palo: el abuso y las matemáticas.
El virus de la deficiente educación -creado en un principio por la clase dirigente como medio de embrutecimiento de la clase media y como posible recambio de la mayor mentira jamás creada para sojuzgar a la gente: la religión-, como todos los virus ha mutado, para terminar infectando a sus propios creadores, convirtiendo a la clase financiera y sus subalternos, los políticos, en seres tan ignorantes como el resto de la sociedad. De ahí, que el ser una persona brillante, en términos actuales, sea sinónimo de egocentrismo o de acaparar riqueza hasta límites insospechados.
Siempre me he preguntado ¿Qué clase de inteligencia es esa, que hace que un individuo dedique su existencia a amasar, digamos, mil millones de dólares? ¿Piensa que se los va a llevar a alguna parte? ¿Piensa que va a ser más feliz con su familia? ¿Piensa que va a pasar a la posteridad como benefactor de su especie? ¿Piensa que es más feliz que una persona que tiene justo lo que necesita para realizarse y, al mismo tiempo, goza de tiempo para su familia, sus amigos y todas esas cosas pequeñas que nos hacen sentirnos a gusto?  ¿Piensa, en definitiva, que es un ser inteligente? No. No lo es. No pasa del nivel de zafio listillo y es el mero producto de la sociedad de ignorantes que su propia ralea decadente ha contribuido a crear. Y además, ADEMÄS el muy cabrón se va a morir como todos los demás; pero sin haber vivido la vida que realmente cuenta. Pobre bastardo, que desperdicio.
Y el político que jamás a satisfecho los deseos de sus electores, ni los más mínimos, ¿puede considerase a si mismo inteligente? ¿Se considera realizado con el plato de lentejas que el sistema financiero le facilita a cambio de esquilmar a sus semejantes para beneficio de ellos, que ni siquiera de él? Pobre ignorante inculto; que desviado de la realidad se encuentra.
Y entre ambos grupos de incompetentes dirigentes se establece como norma el abuso. Y como la ignorancia es el único inquilino en sus azoteas, el abuso se convierte en desproporcionado y sin límite, con lo que no se consigue otra cosa que matar a la gallina de los huevos de oro.
Y la prueba está ya ahí, en la calle.
Los unos, primero crean una sociedad basada en un ochenta por ciento en el consumo, para, a continuación, cargarse a los consumidores. Los unos y los otros, crean una política de crecimiento infinito basada en la emisión de deuda, que se basa, a sí mismo, en el propio crecimiento infinito; en vez de lo que se ha de basar toda deuda -privada o pública-, que es en la capacidad de devolución de la misma. Para ver lo ridículo que es este último planteamiento, imaginemos que tú vives en un barrio y que planeas pedir una hipoteca  de 100.000 euros. Lo normal es que te sientes en la mesa de la cocina, con tu señora, hagas números y veas si el sueldo de tu mujer y el tuyo van a ser suficientes para repagar dicho crédito. Lo que no sería normal es que basases tu petición en el esperado crecimiento económico de tus vecinos del barrio, algo que solo te afectaría tangencialmente, si fueras el fontanero de la zona; y que en ningún caso sería el baremo que definiría tu capacidad para devolver lo prestado.
Y entre ambos grupos de dirigentes brillantemente estúpidos, espejo de la sociedad que ambos han creado -decía-, se esta llegando al punto de que, una vez que se ha exprimido completamente a los consumidores y la emisión de deuda ya no es más una solución (el papel no es otra cosa que papel), poco queda que rascar para las clases dirigentes. Los unos, ya lo poseen todo. Y los otros… bueno, los otros nunca han contado realmente y son irrelevantes.
Pero la gente hambrienta no se va a quedar con los brazos cruzados. O ¿es que son tan inconscientes que piensan que un padre va a dejar morir a sus hijos de hambre o de frío sin mover un dedo? Mientras haya para un cortadito en el bar de la esquina… vale. Pero ¿frío y hambre? No creo que esa rueda de molino vaya a colar.
Y sí, ya conocemos su respuesta. Llegado el caso piensan que pueden contar con las fuerzas armadas y la policía. Ese es un tema que han estado cuidando desde hace bastante tiempo. Pero es que esas fuerzas armadas y esa policía no son de su clase, sino parte de la clase media a la que han estado esquilmado -incluso denigrando- y, a medida que estas organizaciones se conviertan en más y más imprescindibles, no tardaran en darse cuenta de que a los que no se necesita, es a ese uno por ciento que lo acapara todo. Esas organizaciones en solitario podrán dominar lo que quede del mundo, sin necesidad de engreídas élites político-financieras. Ellos, después de más de cien mil años de evolución, tienen el único poder real: la fuerza bruta. Y, encima, la mayoría de los pobres ignorantes de la clase media -los únicos que producen todo y pagan todos los impuestos- apoyarán esta involución. Al menos al principio.
Y entonces habremos regresado a la barbarie del palo -de la que nunca, en realidad, nos hemos alejado demasiado.
Por otro lado están las matemáticas. La más elemental aritmética, para ser más exactos. Todo este sistema está basado en el crecimiento infinito. ¿Cómo se puede ser tan inconsciente como para basar el futuro de una especie en el crecimiento infinito, cuando esta habita en un sistema finito y limitado como es el nuestro? ¿Hasta donde se piensa que podemos seguir creciendo?
Si un hogar compuesto por dos personas, puede vivir razonablemente bien. ¿Como vivirá el mismo hogar con 5 personas y el mismo sueldo? ¿Y con diez personas? Esa es, proporcionalmente, la evolución de la humanidad en los últimos 80 años, y la respuesta es tan evidente que no hace falta formularla. Y en vista de esta panorámica, cuando la solución debería ir por el lado de la cautela, la solidaridad y el ahorro; nuestra sociedad es exclusivamente educada en el derroche, la competición y el gasto.
Y, por otra parte, el crecimiento se ha ido tanto de las manos, que aunque quisiéramos empezar a rectificar el problema ahora mismo, nos encontraríamos, en un breve espacio de tiempo,  con un mundo superpoblado de ancianos, que se destruiría a si mismo por haberse convertido en un callejón evolutivo sin salida, lo que ya está ocurriendo en el “primer” mundo.
La aritmética nos conduce al mismo destino, pero por un camino diferente y, como toda aritmética, inexorable. En realidad se solapa con el abuso, acelerando el proceso.
Es una perversa combinación: crecimiento infinito… de la estupidez.
¿Civilización?
¡MI CULO!
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¿Existe la “civilización”? – Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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