bueno, tienes que vivir en alguna parte ¿no? – (es)

Yo crecí en Ponferrada, donde viví más o menos hasta los dieciocho.
Por aquellas fechas decidí que ya tenía suficiente de esa ciudad tan sofisticada y dinámica, así que me mudé a Ibiza en busca de tranquilidad. También lo hice porque pensé que si el sol salía antes, tal vez los días me cundieran más. Esto -aún no he comprendido el porqué- no resultó ser así, pero técnicamente viví los siguientes dieciocho años con un pie dentro de mi futuro -por unos minutos. Y, curiosamente, las noches si se estiraron considerablemente.
Por otro lado, siempre tuve claro que no podría vivir en la meseta. No estoy preparado para soportar un lugar en el que el accidente geográfico más notorio sea el horizonte -auque la meseta parece un buen sitio para coger el sueño.
También hay otras razones por las que nunca podría vivir en la zona central. Una de ellas es que te puedes cagar de frío la mayor parte del año. ¿Has oído alguna vez hablar de la hipotermia? Pienso que, después de una infancia y juventud en el Bierzo, nunca volvería a sentirme confortable en un sitio en el que puedes cascarla simplemente yendo a recoger el correo. El vivir en un área en la que dejar una ventana abierta puede significar el suicidio colectivo de toda una familia, me parece hoy día bastante estúpido.
Por supuesto vivir en la capital nunca fue una opción -siendo el mayor problema, que allí tienen demasiado respeto por la autoridad, son amantes de los desfiles militares y de la policía, cosas estas con las que yo no comulgo y con las que posiblemente nunca estaré de acuerdo. Y también que hay demasiada religión, tanta que no resulta consistente con una buena salud mental.
Aún así me encanta viajar a mi tierra y a la zona central en general especialmente cuando estoy de humor para un viaje rápido -de ida y vuelta- al siglo XIII.  Ciertamente no soy del tipo que se vuelve loco con esa mierda de la tradición y por supuesto no valoro los sitios por su chorizo o sus habas. Eslóganes típicos de la zona como “Un paseo por las cosas sencillas” o “Ponferrada, ciudad amante del pimiento picante” se mueven entre lo anodino y lo zafio, aunque sin duda nos dan una pista clara de lo que nos podemos encontrar.
También encuentro en el interior un cierto problema de comunicación. La gente habla a golpes, como si estuvieran masticando un nabo y solo pudieran soltar algún vocablo entre una engullida y la siguiente. Como pretendiendo decir siempre algo parco, pero -según ellos- apropiado a la ocasión o ingenioso. Demasiado refranero, para mi gusto. Realmente tengo problemas para comprender no lo que dicen, sino lo que quieren decir. Ciertamente la conversación con las mujeres es más fluida y espontánea, pero tampoco me fío lo suficiente como para tentar los límites de su modernidad y comprensión al estilo castellano-leonés. En consecuencia, procuro mantenerme callado la mayor parte del tiempo, para no despertar sospechas o encender ánimos atávicos y terminar indefectiblemente reducido a “maricón” o “gilipollas”, dependiendo de que el interlocutor sea femenino o masculino, respectivamente (que no al revés).
Y juro que no tengo nada en contra de la gente del interior, tomados individualmente. Uno por uno pueden resultar encantadores. Pero tomándolos como conjunto, la verdad es que hay algún material genéticamente peligroso flotando en toda esa zona.
Así que, como decía, me fui a Ibiza, que es un lugar bastante ridículo. La primera sensación que recibes al llegar es que te has equivocado de aeropuerto. Que la has cagado bien y ahora ¿que coño haces? Hasta que alguien te indica, con un cierto tono de superioridad payesa, que Eivissa no es otra ciudad u otra isla desconocida, sino el nombre local de Ibiza. Y tu piensas, vaya he salido de Málaga para meterme en Malagón. Aunque esta sensación evidentemente dura poco; solo hasta que echas un vistazo al personal que te rodea; gente “maja”, con un tipo de supersticiosa inocencia muy encantadora, o al menos eso es lo que te parece en primera instancia. Desgraciadamente no tardas en comprender que lo que hacías en tu pueblo gratis, aquí te vele una pasta gansa, por lo que te tienes que poner las pilas, si realmente quieres estar en “vogue” y hacer el amor y no la guerra -de vez en cuando, entre colocón y colocón.
Pero si realmente quieres entender la vida en Ibiza, mejor olvídate de los tatuajes y los Hamman, del yoga y del aerobic. Y no te dejes enrollar por el biofeedback, la programación neurolingüística y la técnica de Alexander. Haz caso omiso de las guías espirituales, los grupos de introspección, los talleres de sueño, la bioenergética, la energía piramidal y la terapia primal. No hagas caso del ayuno, el rolfing, la tierra, la canalización, el renacimiento, la crianza y la auto-crianza de los hijos. Y la limpieza del colon.
Y ni siquiera te plantees en trabajar la polaridad, los cambios de inversión, las esencias florales, la sincronía guiada, la sinergia armónica de las ondas cerebrales y las psychocalisthenics. También es necesario no prestar demasiada atención al voleibol en pelotas, la terapia de la espinaca, las tinas de vino blanco caliente, el correr sobre brasas y la gente que canta villancicos a las cabras de los payeses.
Olvídate de todo eso. Lo único que tienes que saber acerca de Ibiza es lo siguiente: Todos son super-guay, super-smart, super-cool; pero, a pesar de tantos super-poderes, ninguno es capaz de controlar la pasta. Todo mundo anda pillado ¿De acuerdo?
Así que si tienes un poco de parné -verde o blanco, el orden de los factores no altera el producto- serás el rey de la Ibiza night -aunque no vengas de New York -o de Ponferrada, puesto por caso.
O si no, mejor te casas.
En mi caso, después de fundirme todo lo que generaba -y parte de los tabiques nasales-, opté por esta solución, que en su momento me pareció de lo más razonable: Alemana, preciosa rubia de ojos verdes, sofisticada y teutona (no es un error de ortografía: teutona digo, no lo otro), parecía una buena opción y realmente así fue. Unos años maravillosos en los que aprendí muchas cosas de valor incalculable, que ni siquiera había sospechado que existieran. Fundamentalmente, que no me volvería a casar otra vez -ni de coña- y que las mujeres de color son más simpáticas y hace mejor el amor.
Con esta lección bien aprendida, mi siguiente destino fue California vía New York.
Allí fue todo más fácil: Los Angeles se llaman Los Angeles y no algo como Los “Oenguilless“, lo que no esta mal, para empezar a sentirte seguro ya de entrada. Después, no hay tanto que aprender. Cuando te enteras de que tienen autoescuelas para amantes del chocolate, todo empieza a encajar. ¿O no? California es también el único lugar donde se puede escuchar a alguien decir, “Jason no puede atender el teléfono; está tomando su lección de viento.” Lo cual, si lo piensas, es natural.
Siendo todo tan lógico en Los Angeles, me resulta difícil comprender porque los neoyorquinos odian a los californianos. Tal vez, el problema que la mayoría de los neoyorquinos tienen con Los Angeles es que está fragmentado y carece de un centro vital. La gente no tiene una “experiencia común”. En su lugar, exudan una especie de desprendimiento desconcertado que los hace intensamente interesantes. La experiencia de la Costa Oeste es suave y periférica, mientra que New York es duro y concentrado. California es una mujer pequeña diciendo: “Jódeme”. Nueva York es un hombre grande diciendo: “¡Jódete!”. Y por esa regla, Ibiza sería una preciosa muñeca que te susurra: “Jodeme lo mejor que sepas, pero antes peguémonos unos tiritos”. Respecto a Ponferrada, no se me ocurre nada que empiece con “J”, a no ser jamón.
Curiosamente, aunque vivo en California, yo no me siento “tranquilo” y, con seguridad mucho menos, “suave”. Asocio estas cualidades con el estado de coma. El sistema solar no se formó porque la materia fuera “tranquila”, la vida no surgió en los océanos y los seres humanos no descendieron de los árboles porque el ADN fuera “suave”. Sucedió a causa de algo que se llama energía.
New York exuda energía y todo lo que te puedo decir es esto: Si no eres capaz de controlarla, mejor mantente jodidamente alejado. Vivir en New York forma el carácter: debes saber quién eres, lo que estás haciendo, a dónde vas y cómo llegar allí. ¡No se toleran gilipolleces! La gente de New York es dura y resistente. Todo el resto de ustedes pertenecen a distintos grados de suavidad.
La mayoría de los extranjeros no son capaces de adaptarse a New York, por lo que terminan de vuelta en Ponferrada, León, hablando mal de la Ciudad para el resto de sus vidas. En realidad, la mayor parte de la gente que aborrece New York no ha pisado allí nunca. Y si alguna vez hubieran ido, los habríamos destruido en nueve minutos. La gente odia New York, porque ahí es donde está la acción y porque saben que la Ciudad pasa de ellos. La mayor parte de las decisiones que controlan la vida de la gente en todo el mundo se toman en New York. No en Washington, no en la Avenida Pennsylvania. ¡En la ciudad de New York! Madison Avenue y Wall Street. La mayoría de la gente no puede asimilar eso. Que se les puede decir. ¡Que se jodan!
Y estoy muy contento de que los Yankees humillaran a los Braves en la Serie Mundial. Me alegro cantidad de que el valiente, fuerte y tercer mundista neoyorquino de cultura callejera triunfase sobre el blando, chico de buen barrio, sano cristiano blanco y de cultura pegajosa de centro comercial de Atlanta. Para empezar, pequeños pueblos venidos a más como Atlanta no deberían de tener nada que hacer en las grandes ligas.
En cuanto a Los Ángeles frente a New York: He vivido la mitad del tiempo en cada una de las dos ciudades más odiadas, temidas y envidiadas de los Estados Unidos y ¿queréis saber algo? No hay comparación. En New York incluso los cabronazos tienen más clase. Y aun los imbéciles de New York tienen un cierto atractivo, como una peligrosa cualidad.
Como ejemplo de lo patética que es California, cuando llegué allí por primera vez, un policía me puso una multa por cruzar la calle. Hay que entender la clase de personas que viven en California. Gente que está dispuesta a permanecer, pasiva e inerte, en la acera, cuando no viene absolutamente ningún tráfico, o tal vez sólo un poco de tráfico que podría ser fácilmente evitado. Simplemente están allí, obedientes y esperando a que una luz eléctrica les dé permiso para continuar. No podía creer a aquel policía. Me reí en su cara. La multa me costó alrededor de sesenta dólares en 1989. Desde entonces, me imagino que he cruzado en rojo más o menos unas mil veces adicionales, sin ser capturado. ¡Al diablo con ese lame-culos de policía! Me las he arreglado para prorratear aquella multa a razón de seis centavos de dólar por cada vez que he cruzado la calle en rojo.
Una cosa que sí me parece atractiva en California es el énfasis que se pone en la conducción. Me gusta conducir, soy experto en eso, y lo hago agresivamente. Y no me refiero a que grite a la gente o les ponga el dedo. Yo simplemente voy a mi aire, rápido y silencioso, con cierta, deliberada y oscura eficiencia. En la tierra de los pasivos, el hombre agresivo es el rey.
Por supuesto, en Los Ángeles, todo se basa en conducir el coche, incluso los asesinatos. En New York, la mayoría de las personas no tienen coche, así que si quieres matar a alguien, tienes que tomar el metro hasta su casa. Y a veces, en el camino, el tren se retrasa y te impacientas, así que tienes que matar a alguien en el metro. Es por eso que hay tantos asesinatos en el metro, nadie tiene coche. Básicamente, si más gente en New York tuviese coche, el metro sería mucho más seguro.
La verdad es que la “Gran Manzana” sigue siendo el número uno en mi corazón. Soy tan chauvinista, que incluso adoro que New York recaude más dinero que Los Angeles en el Telemaratón contra la artritis. Lo que suele pasar. California, bordeada siempre por el Pacífico y, a veces, por el ridículo.
Así que os preguntareis ¿por qué vivo aquí?
Debido a que el sol se pone a una manzana de mi casa.
.
Bueno, tienes que vivir en alguna parte ¿no? – Dugutigui
P.D.: Me he dado cuenta que este es mi post número 69. El 69 es un número con un cierto toque pervertido, que me encanta. Y sin duda mucho mejor que el número siguiente, el 70. A diferencia del 69, el 70  resulta mucho mas depravado, pues es como el 69, pero además te han clavado un dedo en todo el culo.

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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