papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche? – (es)

—Papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche? —preguntó la niña, al tiempo que aparcaban delante del colegio.
— ¿Y qué tiene este de malo? —contestó el padre, aún sabiendo claramente a que se refería su hija.
—Aparte de viejo, pasado de moda, feo y con radio-casete, nada —contestó ella con cierto desmayo, al tiempo que miraba, de soslayo, alrededor.
—Anda, bájate ya, que vas a llegar tarde —concluyó el padre.
De vuelta a casa pensó que tan vez debería sustituir el anticuado reproductor de casetes por uno de CD —de hecho, hacía años, décadas ya, que no se usaban casetes de música—, aunque eso, razonó, no iba a mejorar la opinión que su hija tenía del viejo Land Cruiser.
También era consciente de que la niña tenía razón. Al menos en un sentido estético y actual. Había coches mucho más confortables y avanzados, con elevalunas eléctricos, luces y limpia-parabrisas de encendido automático, ordenador de a bordo —algunos, recordó con irónica sonrisa, incluso se dirigían a ti, metálicamente, para recordarte que tocaba cambiar el aceite o que habías olvidado atarte el cinturón— y que se ofrecían acompañados de una serie de indescifrables siglas como ABS, EBD, ESP, MSR, HBA, EPB.
Ciertamente su —no tan— viejo Troopie del 2002 —un Land Cruiser HZJ78—, aun con aire acondicionado y radio casete, carecía de cualquier lujo o refinamiento. Su hija necesitó alcanzar los ocho años, para ser capaz de bajar y subir las ventanillas por si sola; factor este que —tal vez— contribuyó a su animosidad hacia el vehiculo
No obstante…
En otras partes del mundo —donde las rutas discurren por terrenos rocosos, en medio de la jungla o través de los desiertos, bajo climas extremos, árticos o tropicales— a ese vehiculo de durabilidad, fiabilidad y rendimiento excepcional, se le conoce con el “Rey de la Carretera”. Y en verdad lo es.
Él había vivido durante un tercio de su vida en esos heterogéneos y abruptos parajes e, íntimamente, los seguía añorando. En aquellos años, cada vez más alejados, varias generaciones y modelos de Land Cruiser le habían acompañado en su rutina diaria. Y como si de un duradero matrimonio se tratase, ellos —su Land Cruiser y él— habían pasado por todo tipo de penalidades y alegrías, esfuerzos y recompensas, amor y odio, decepciones, falta de comprensión y tacto, frecuente mal trato, ocasional abandono y, consecuentemente, costosas y lentas recuperaciones. De ese modo, el lazo fraguado en el tiempo se había vuelto, de alguna manera, indestructible. No pensaba cambiar a su fiable, previsible y vieja esposa por ninguna de esas frágiles, volubles y artificiosas —aunque sin duda atractivas— jovencitas.
Y este, particularmente, era otro tema que le chocaba bastante: el interés que parecía tener la gente más joven en transformar —tunear, le llamaban ahora— una maquina casi perfecta en su origen, como queriendo transformar a la vieja esposa en una emperifollada buscona. Tan ridículo —según él y “ella”— como ponerle unas aletas de caucho y unas gafas de submarinismo a un tiburón… pretendiendo mejorar su rendimiento.
Ellos, aquel viejo matrimonio, que habían cruzado siete veces el desierto del Sahara Mauritano, de Nouakchott al Big Mogrein, en soledad rara vez rota por los Tuareg ocasionales y distantes; siempre obstinadamente ajenos a cualquier sistema de orientación, a no ser las rodadas, esporádicas e intemporales, sobre la arena de otros que, como ellos, cubrían cotidianamente aquellas rutas. Que cazaban, con pequeños rifles, conejos en las dunas de la noche, atraídos por las solitarias luces de “ella” y que, churrascados en un chispeante fuego de hierbas secas, constituían un divino y nocturno manjar.
Ellos, que se había internado en las impenetrables selvas de Liberia, abandonando, constantemente, las pistas de lodo rojo, intransitables incluso a pié; abriéndose penosamente paso con la pala, el machete o el hacha, la reductora, los bloqueos, el cabrestante manual y, sobre todo, la fuerza de los músculos africanos. Todo como parte necesaria del monótono quehacer diario. Que habían vadeado caudalosos rápidos, no solo en idílicos y fotogénicos parajes, sino también en las anegadas e inmundas calles de la capital. Que, juntos y sudorosos, desplazaban colosales árboles y tronchos del bloqueado, tortuoso e inacabable camino.
Ellos, que había cruzado las inconmensurables sabanas del Congo, campo a través, a menudo, entre las gigantescas “hierbas elefante”, sin poder ver más allá del final del capó de “ella”; con sed y hambre; incertidumbre y cansancio; con noches mágicas al raso universo Africano y eternos días de espera, en medio de la majestuosa inmensidad de la nada, por algún imaginativo y nunca original repuesto. Que durante estas largas esperas de final imprevisible, empezaban regalando tabaco a los curiosos moradores del lugar, para terminar comprándoselo, de vuelta, a especulativas tarifas. Que se cansaron, pronto, de contar las veces que franquearon, juntos, el colosal río que da el nombre a ese enorme país.
Ellos, que rutinariamente hacían la helada ruta de Astaná a Almaty, bajo las cegadoras y constantes nevadas de aquellos frígidos inviernos del Kazakhstan, con sus pedregosas y abismales desviaciones y el lento y paralelo discurrir junto a la turbadora belleza helada del inmenso lago Balkhash. Que necesitaban, ocasionalmente, ser remolcados por algún fortuito camión, al cual, por falta de una cadena más larga, acompañaban —forzadamente ligados— a un escaso par de metros de distancia, sobre el hielo, temerosos; hasta el momento en que el conductor del camión se olvidaba, por completo, del extraño lastre y empezaba a acelerar irracionalmente, sordo a los tañidos histéricos del claxon; convirtiendo el miedo en puro terror.
Ellos dos, en definitiva, sabían que toda esa parafernalia accesoria, servía de bien poco. Eran conscientes de la dificultad de casar estética con efectividad. Sabían que las únicas defensas que realmente necesitaba “ella” eran laterales —en las esquinas traseras del vehiculo— para amortiguar los golpes contra las laderas en los frecuentes deslizamientos laterales —si es que eres lo suficientemente hábil como para no deslizarte hacia el lado del precipicio. Que las bellas defensas de diseño son poco prácticas, se enredan en la maleza y siempre terminan aflojándose. Que una artificiosa y exagerada elevación del vehiculo repercute directamente en la estabilidad del mismo, que no separa del suelo algunas partes vitales —como frenos, rotulas y palieres— y hace imposible la obtención de extraños repuestos en zonas remotas. Y que, por otra parte, algo tan simple como instalar unos neumáticos con un sensiblemente superior diámetro, logra elevar la totalidad del vehiculo, incluidas las partes vitales mencionadas. Que el mejor ancho de neumáticos es el original. Que los focos larga distancia siempre están enfocando al cielo, para acabar siendo sustraídos en algún parking de Luanda. Que todos esos accesorios vistosos, solo sirven para atraer a todo tipo de bandidos e indeseables, como un imán atrae a los clavos.
En resumen, que lo que ellos definen como “tropicalizar”, no es aplicable —y sin embargo limita— a un vehiculo que ya es tropical, ártico y desértico desde el mismo momento de ser parido por su línea de montaje.
Pensó que todo aquello era una exposición que resultaría fútil —incluso ofensiva— a los fanáticos del “tuning”. Lo mismo ocurriría con su hija, si algún día se planteara explicarle sus sentimientos acerca de su Troopie del 2002. Decidió que no merecía la pena enturbiarse con estos razonamientos. Tomó esta decisión mientras ojeaba viejas fotos de sus viajes, los viajes de los dos, él y su “pareja” de siempre: el Land Cruiser de Toyota.
.
Papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche? – Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
This entry was posted in Africa, Español, Travel, Writing. Bookmark the permalink.

3 Responses to papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche? – (es)

  1. I really loved the article…. and the photos are nice too… the most powerful is the one of the man in blue standing on the bridge…🙂

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s