el african palace – (es)

Llovía a cantaros. Literalmente. Una tromba opaca, masiva, carente de gotas singulares, como el caño de una gigantesca manguera, con la que alguien, allí arriba, se disponía a expurgar la hedionda ciudad. La ya de por sí encapotada y sombría tarde se había convertido en un impenetrable nocturno de forma súbita, sin solución de continuidad. Las siempre mal iluminadas, pero bulliciosas e inmundas calles, se encontraban ahora tétricamente desiertas, borrosas, desfiguradas, inmersas en la casi integra y cerrada noche. Las calzadas e incluso las destartaladas aceras se habían transformado en el sintético lecho de caudalosos torrentes enfangados que transportaban agitadamente todo tipo de desperdicios, despojos e inmundicia; para morir turbiamente en vastas e insondables charcas arremolinadas que se estaban formando aquí y allá. Y sin embargo, la temperatura era aún cálida, esponjosamente tropical; y el característico hedor, diario, punzante, variado, casi siempre identificable, del centro de la ciudad había dejado paso a un aroma indefinido, impreciso, aún desaseado -pero, no más, insoportable- y henchido de humedad. Era de esas noches en las que la gente sensata prefiere quedarse en casa, atrancar puertas y ventanas y oír, amedrentados, desde el equívocamente protector lecho, el estruendo de la lluvia sobre los vacilantes tejados de zinc. Y soñar, despiertos, con estar en otra parte, mientras se espera que el temporal amaine o que el elusivo sueño adormezca finalmente los alterados sentidos.
No obstante, a él no se le pasó esa idea por la cabeza. Acababa de llegar a la ciudad y venía buscando algo. Irracionalmente, casi con desespero, pero con incuestionable certidumbre. También sabía con certeza donde encontrarlo. Sabía que en medio de aquel caótico diluvio existían algunas islas donde la vida explosionaba; refugios desvencijados, ecos de tiempos no mejores, simplemente pretéritos y lejanos, exiguamente iluminados, interiormente moteados con escasas bombillas multicolores, mortecinas y alcahuetas. Viejos puertos resguardados donde la música americana, —el soul dulce, los ensoñadores blues o el rítmico funk— siempre flotaba en la zona alta de la escala de decibelios; tal vez, pretendiendo acallar el clamor de las tormentas, exteriores o personales, o la animación de las conversaciones intrascendentes o el sarcasmo o la carcajada y, con seguridad, para aturdir la mala conciencia, si es que eso llegó a existir, en aquellos lugares, alguna vez. Puertos de abrigo, abarrotados de habituales y también desconocidos, buscones, parias, timadores, desesperados, incluso personajes brillantes germinados en el país equivocado, indiferentes, todos, a la que estaba cayendo afuera y a la que caía, ineludiblemente, sobre sus propias vidas cotidianas. Desdeñosos, así mismo, de la siempre acechante parca. Y las mujeres. ¡Ah, las mujeres! Adictivamente sensuales, alegremente sugerentes, siempre someras de colorida y atrevida ropa, más bien exiguos y tentadores atuendos; empapadas, hoy, hasta los huesos; con sus mil tonos oscuros de esa piel aterciopelada, centelleante por la lluvia o el sudor o el alcohol; ese envoltorio con tacto de melocotón, de sabor húmedo y salado a excitación perenne; esa tersa sábana satinada que envuelve cuerpos naturalmente magníficos, vigorosos, rebosantes, plenos y jóvenes; sus intimas y genuinas sonrisas que arrancando de los sensuales labios se revelan, como un estremecimiento, por todo su cuerpo y sus elocuentes miradas, sin lugar para el temor, la incomprensión o la duda y sus gestos, extraños, al principio, manual de códigos, con el tiempo; muchachas incitantes, hembras provocativas, descaradas rozando la risueña impudicia y, al mismo tiempo, indescriptiblemente inocentes, cándidas, como solo los que no tienen nada y lo ofrecen todo pueden ser. Su mundo, el tuyo. Tu mundo, sin embargo, también tuyo. Tu dinero agradecido, de ellas. En resumen, toda una fauna vital y primigenia, legítimamente humana, pero someramente humanizada, capaz de convertir, durante unas horas, el infierno circundante en otro abismo, tan febril, pero diferente, de noches simples, pero mágicas, inolvidables, pero sin significado, en el que realmente cualquiera deseaba precipitarse. Y, como no, el sempiterno, ardiente y expansivo JB, que socorría, como un díscolo director de orquesta, a la hora de poner todo en su sitio equivocado: sueños, amantes, delirios, valores, recuerdos, amigos, engaños o descabellados planes. Y, a veces, dependiendo de la cuota, otras cosas…
Después de diez tediosos días en una selva exuberante, mas remota y enfangada de roja arcilla por las constantes lluvias de la temporada húmeda, que convertía sus ligeras botas en pesados pies de antiguo escafandrista; después de incontables latas de sardinas y pan de molde, de cervezas calientes y cacahuetes tostados; después del interminable y sofocante trabajo diurno, con sus eternas noches solitarias interrumpidas, ocasionalmente, por los siempre ubicuos y zumbantes mosquitos; después del aburrimiento vacuo, terrible, que solo el trabajo intenso puede dejar en el alma al final del día, cuando estás lejos de casa, cuando aún rodeado de gente, de esa otra gente, te sientes aún más solo; después de conversaciones con sentido y falsas añoranzas públicas; después de diez amaneceres sorprendiéndose de ver sus sabanas empapadas y retorcidas, contorsionadas madejas, como si un zafarrancho vehemente y sin cuartel se hubiera dado, nocturnamente, sobre el catre. Después de todo eso, necesitaba desacoplarse. Más que eso, hacer saltar todo por los aires. Durante unas horas solamente, días tal vez; pero, eso sí, antes de regresar, de nuevo, a su propio purgatorio en la espesura africana. El imponente chaparrón, después de todo aquel languidecer, no representaba para él más que una ligera molestia a añadir a la larga lista de otras más oscuras.
El modesto, pero fiable Civic se desplazaba penosamente por las calles anegadas del centro de Monrovia. Los limpiaparabrisas luchaban frenéticamente con el aguacero que, de forma abrumadora, les ganaba la batalla. Las luces del vehículo no corrían mejor suerte y la obstinada condensación interior de los cristales, completaba el ofuscado cuadro.  Estaba conduciendo prácticamente a ciegas y el nivel del agua, en algunos tramos, ya alcanzaba la carrocería. En el empinado repecho que discurre entre el campus de la Universidad y el Senado de Liberia, una imponente amalgama de agua e inmundicia se precipitaba con fuerza por la encajonada avenida, a modo de caudaloso rápido, debocado, lo que provocaba que, cada escasos metros, se topara vehículos sin luces y parados en medio de la vía, que se veía obligado a sortear. No le ayudaba la escasa iluminación que encontraba en las calles, prácticamente insistente en los edificios, debido a la carencia de electricidad en todo aquel fallido país. En el cruce de Board St. con Randall St. giró a la izquierda. Y si en Board St. la visibilidad era precaria, en la angosta Randall St. la oscuridad se volvió total.  No los podía distinguir debajo del agua, pero sabia que había varios registros de alcantarillado destapados y desperdigados a lo largo de aquella calle —en alguno de ellos cabría, con seguridad, el coche entero—, por lo que intentó mantenerse en lo que intuía ser el centro de la vía, tomando como endeble referencia las anémicas y tintineantes luces de las velas, que a duras penas iluminaban algún puesto de venta ambulante, que su perspicaz propietario había recolocado al abrigo de algún portal lateral. En la esquina con Carey St. giró a la derecha y fue capaz de vislumbrar, finalmente, las vidriosas y centelleantes luces del letrero del “African Palace”, su destino. La calle, en la que se encontraba el local,  estaba parcialmente inundada, por lo que redujo la velocidad hasta casi parar el vehiculo. Durante unos metros avanzó con el motor revolucionado y con el agua intentando saltar por encima de los faros delanteros y el capó. Pensó fugazmente que seria una faena que el coche se calase en ese momento, allí, en medio del charco y a unos metros de su objetivo. El leal Honda pareció oír su ruego y continúo impasible su sosegada marcha, hasta alcanzar una parte mas elevada de la calzada. A duras penas localizó un espacio para aparcar a pocos metros de la entrada del local y encaramó, por el lado del conductor, el vehiculo sobre la deteriorada acera. Ese tramo aún no se encontraba anegado. Paró el motor y cogió el chubasquero del asiento de atrás. En uno de los bolsillos estancos de la prenda introdujo el móvil, el pasaporte y el dinero que tenía en dólares americanos. En otro metió un grueso fajo de moneda local: el Liberty, que, a pesar del abultado tamaño, no representaba más de cincuenta dólares americanos. Se caló el impermeable dentro del vehiculo y se disponía a salir cuando distinguió una alargada figura aproximándose al coche. A pesar de que el agua distorsionaba considerablemente la imagen, la silueta le resultó inconfundible. Era Buddy — ¿Quién si no? —, el larguirucho mulato con gafas de estudiante, anticuadas y con un cristal astillado, pícaro, pero divertido y ocurrente, finamente irónico, a veces, siempre bastante desesperado, pero conociendo la suficiente psicología de la vida, como para no hacerlo evidente —al menos hasta el último minuto. La persona que hacia las veces de cicerón, su Cicerón particular. Este venia protegiéndose del aguacero con una descomunal y ajada sombrilla de playa y descalzo, para no mojar los zapatos —que tardan unas buenas horas en secar. Al alcanzar el vehiculo golpeó con los nudillos en la ventanilla y señaló, con un gesto exageradamente triunfal, la imponente sombrilla, al tiempo que esbozaba la amplia, mellada y cínica sonrisa que le caracterizaba. Él le miró y sonrió por primara vez en los últimos diez días.  Aunque nunca se lo diría —no era su estilo—, él sinceramente apreciaba a aquel desgarbado muchacho, como se estima a un hijo travieso y espabilado. Y, como frecuentemente ocurre con los hijos, a veces no pudo evitar mostrarse injusto con él. Buddy —nunca conoció su verdadero nombre— colocó el parasol cubriendo la puerta del vehículo y él salió resguardado, así, de la fuerte lluvia. El familiar y confortante ronroneo del generador eléctrico del local, se impuso al estruendo de la tormenta, lo cual también le resultó agradable. Con un “Hola Jefe” a modo de saludo —sin contestación por parte de él, a no ser un leve y rápido movimiento de las cejas—, Buddy comenzó su habitual y trivial monólogo, mientras se dirigían apresuradamente hacia la puerta del “African Palace”. En esos pocos metros, su tardía y leve sonrisa se fue convirtiendo en una más amplia que, en el momento de abrir la puerta del local, ya se había instalado por todo su semblante. Como era habitual, la mayoría de las jóvenes que se encontraban en la barra se giraron para evaluar al recién llegado. Varios pares de ojos negros, sugerentes y delicados, muchos conocidos, algunos —en un tiempo— adorados, se posaron sobre él. Y una de esas miradas era la mirada que él, aquel día, anhelaba ver. Al traspasar el umbral, Buddy dijo algo así como “Bienvenido a casa”, tal vez refiriéndose a Monrovia, tal vez al bar. Él, aún agradecido, no dijo nada. Nunca se le ocurrió considerar que aquel tugurio podría ser su hogar. Al menos, no en aquel momento. Sin embargo, mucho tiempo después, ya lejos de aquel antro, de aquel país, de aquel continente y lejos, también, de todas aquellas enredadas situaciones que le tocó vivir durante aquellos desequilibrados años; ya en esa edad en la que uno empieza a mirar hacia atrás, fue capaz de darse cuenta de que el único lugar que conocía, en el que había sido razonablemente feliz, el único que echaba de menos cuando estaba lejos y al que siempre deseaba regresar, diluviara o no, era su desvencijada y siempre animada “casa” en Monrovia: el “African Palace”.
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El African Palace – Dugutigui
Fotos – Black Mirages
Alain Paris

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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3 Responses to el african palace – (es)

  1. barbaric says:

    Quien ha estado en cualquier rincón de la África negra, habrá recordado su African Palace particular al leerte!!
    Es verdad, la gente allá es así de entregada, siempre con la condición de la necesidad, pero no saben de malicia, sólo sobreviven, y cierto, bajo esa piel de terciopelo palpita la vida en su estado puro.
    Me ha encantado : ) ****

  2. tonden says:

    muy chuli el blog

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