caperucita roja – lpc – (es)

Érase una vez una persona joven llamada Caperucita Roja, la cual vivía en los confines de un área natural poblada por especies protegidas —especialmente los Strigidae Estrigiformes o búhos—  y plantas raras; alguna de las cuales, probablemente, podría servir como cura alternativa para el cáncer, si alguien se tomara la molestia de estudiarlas.
Caperucita Roja vivía con un donante de alimentos y educación al cual, a veces, se refería como “madre”; aunque este término no implicara que fuera a valorar más a una persona, por el simple hecho de estar unida a ella mediante un lazo biológico. Tampoco era su intención denigrar el equiparable valor del cabeza de una familia desestructurada y no tradicional, por lo que pedía perdón, si esa había sido la impresión causada.
Un día, su madre le pidió que llevase una cesta, de frutas cultivadas orgánicamente, compradas bajo el lema del “comercio justo” y agua mineral embotellada, a casa de su abuelita.
“Pero madre ¿no piensas que podemos estar quitándole el trabajo a los mensajeros sindicados, que durante años han luchado por el derecho de distribuir paquetes entre las gentes del bosque?”
La madre de Caperucita le aseguró a esta que ya se había puesto en contacto con el jefe del sindicato y obtenido un formulario para realizar misiones especiales por razones humanitarias, el cual, después de ser debidamente rellenado y enviado de vuelta, obtuvo su correspondiente aprobación.
“Pero madre ¿no consideras que me estas oprimiendo, al pedirme que realice una tarea como esta?”
La madre de Caperucita le hizo notar que era imposible que una mujer oprimiese a otra, por el simple hecho de que todas las mujeres eran seres oprimidos por los hombres y por tanto esto no sería posible; al menos hasta el día en que todas alcanzasen la libertad y la igualdad de sexos.
“Pero madre, si es así ¿no sería mejor que mi hermano llevara la cesta? Si partimos de la base de que el es un opresor, no estaría de más que aprendiese lo que significa sentirse oprimido”
La madre de Caperucita le explicó, que su hermano se encontraba participando en una manifestación por los derechos de las aves —en concreto la focha moruna— y además portar la cesta no era un estereotipo del trabajo femenino, sino más bien un acto de afirmación que ayudaría a reafirmar el menoscabado espíritu gregario de la sociedad actual.
“¿Pero no será considerado, desde el punto de vista de la abuela, un acto denigrante, al implicar que es un ser enfermo y, por esa razón, incapaz de acometer independientemente la realización de sus propias necesidades como ser humano igual a sus pares?”
La madre de Caperucita le hizo notar, que no se podía considerar a la abuela, de forma alguna, una persona enferma o incapacitada ni física ni mentalmente; y que con esto no quería dar a entender, que cualquiera de esas condiciones pudiera interpretarse como inferior o degradante, al ser comparadas al estado que la gente consideraba como saludable.
Finalmente, Caperucita comprendió que no existían más argumentos validos en contra del concepto de llevar una cesta a su abuela, por lo que partió hacia la casa de esta.
Mucha gente pensaba que el bosque era un lugar funesto y peligroso, pero Caperucita había llegado a la conclusión de que estas ideas preconcebidas, eran producto de un miedo irracional, basado en un paradigma cultural, profundamente instalado en una sociedad patriarcal, que consideraba la naturaleza como un conjunto de recursos que debían de ser explotados y, en consecuencia, interpretaba a los depredadores naturales como intolerable competencia.
Otras personas evitaban el bosque por miedo a ladrones y pervertidos, pero Caperucita Roja consideraba que en una sociedad —realmente— sin clases cualquier persona, marginal o marginada, debería de sentirse lo suficientemente segura como para atreverse a “salir del bosque” e integrarse y ser aceptada, como modelo de un estilo de vida diferenciado pero igualmente válido.
En el camino a casa de su abuela, Caperucita pasó cerca de un leñador y más adelante abandonó la senda para examinar detenidamente unas sencillas flores. De repente, se encontró enfrente del lobo, lo cual ciertamente la sobrecogió.
Este demandó saber que había en la cesta.
Su maestro solía advertirles que nunca debían de hablar con extraños, pero ella rebosaba de confianza en si misma y era capaz de controlar su incipiente sexualidad, por lo que decidió hablar con el lobo.
Le contestó: “Llevo, a mi abuela, algunos saludables tentempiés, como gesto de solidaridad hacia ella”
El lobo dijo: “Sabes cariño, no es muy seguro, para una niña pequeña, caminar sola a través del bosque”
A lo que Caperucita contesto indignada: “Encuentro tu comentario sexista y ofensivo en extremo. No obstante, voy a ignorarlo al ser el producto de tu status tradicional como desclasado de una sociedad moderna la cual, sin duda, es la causante del estrés que te hace desarrollar una alternativa, aunque por otra parte completamente valida, visón del mundo. Y ahora, si me permites, desearía continuar con mi camino”
Caperucita regreso al camino y continuó en dirección a la casa de su abuela.
Precisamente, porque su status antisocial le había liberado de la esclavitud de adherirse a la forma occidental de pensamiento lineal, el lobo conocía una ruta mas corta a la casa de la abuela.
Rápidamente alcanzó esta y de un bocado se zampó a la persona de edad avanzada, afirmando, por medio de esta acción, su naturaleza depredadora.
A continuación, libre de las rígidas y tradicionales nociones acerca de los roles sexuales, se vistió con el camisón de la mujer de la tercera edad y se introdujo en la cama, a la espera de lo que pudiera venir.
Caperucita entró en la casa y dijo: “Abuela te he traído algunos tentempiés solidarios a modo de saludo y en consideración a tu rol matriarcal, abundante de sabiduría y buen hacer educacional”
El lobo dijo: “Acércate pequeña, de modo que pueda verte mejor”
Caperucita dijo sorprendida: “¡Oh, dios mío! que ojos más grandes tienes”
“¿Te habías olvidado de que soy ópticamente incapacitada?”
“¡Y que nariz tan grande! … pero finamente formada”
“Naturalmente podría haber hecho que me la arreglaran, lo cual me habría ayudado en mi carrera cinematográfica; pero no soy persona que cede a las presiones y hábitos sociales con facilidad”
“¡Y que dientes tan grandes y afilados!”
El lobo ya no podía aguantar más aquellos perjuicios retrógrados, abundantes entre individuos de diferentes especies de la biosfera, por lo que, como resultado de una apropiada reacción, típica del entorno al que pertenecía, saltó de la cama, agarró a Caperucita y abrió sus fauces. Tanto las abrió, que esta pudo ver a su abuela, aterrorizada, en el fondo de la barriga.
“¿No estás pasando algo por alto?” Demandó con bravura Caperucita. “Deberías requerir mi permiso, antes de proceder a un nuevo nivel de intimidad”
El lobo se quedó tan sorprendido con esta declaración, que aflojo la presa que ejercía sobre la niña.
Al mismo tiempo, el leñador irrumpió en la casa blandiendo un hacha.
“Quítale las manos de encima” gritó.
“¿Puede saberse que está Ud. haciendo?” gritó Caperucita. “Si le permito ayudarme, en este momento, estaré mostrando una grave carencia de confianza en mis propias habilidades, lo que me conduciría a una baja auto-estima y empobrecería mi nivel de realización, lo que sin duda influiría en mis futuros exámenes de acceso a la universidad”
“Es tu última oportunidad, hermanita. ¡Quítale las manos de encima a esa especie protegida! Esto es una operación encubierta de la policía” gritó el leñador. Y al hacer Caperucita un movimiento sin querer y repentino, este le cortó la cabeza.
“Gracias a dios que llegaste a tiempo” dijo el lobo. “Esa pequeña y su abuela me trajeron aquí engañado. Creí que no lo contaba”
“No te creas. Pienso que yo soy realmente la victima” dijo el leñador. “He estado controlando mi rabia desde el momento en que vi a esa mocosa arrancando las flores protegidas, hace un rato en el bosque. Y ahora, toda esta estresante y traumática situación que puede influir en mi apreciación y valoración acerca de conceptos existenciales. ¿No tendrás una aspirina, por casualidad?”
“Por supuesto que sí” dijo el lobo.
“Gracias”
“Comprendo tu malestar” dijo el lobo, al tiempo que daba unas palmadas en la firme y bien formada espalda del empleado de la industria de transformación de la madera. De repente, se le escapó un eructo.
“¿No tendrás algo para la acidez?”
.
Politically Correct Bedtime Stories – James Finn Garner (Detroit, 1960) – Traducción por Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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