abidjan – (es)

Lanh, se recostó en su confortable asiento de la clase Business. El vuelo directo a Bangkok no duraría mucho. Menos de dos horas. Una joven y sonriente azafata vietnamita le trajo una copa de champán. Lanh probó un sorbo y durante los siguientes minutos se dedico a repasar mentalmente los hechos acaecidos aquel fin de semana. Después de una breve reflexión, llegó a la conclusión de que todo marchaba según el plan previsto. La cita con Tony le había resultado especialmente agradable y, en cierto modo, se sintió un poco culpable de no haber sido más sincero con él; pero no podía haber sido de otro modo. Si Tony hubiera llegado a conocer la naturaleza última de la operación en Costa de Marfil, nunca aceptaría participar en ella. Por otra parte, cuanto menos supiera menos riesgo correría, en caso de torcerse las cosas. También pensó en la coyuntura actual de aquel país africano y tuvo que reconocer que se trataba de una situación inherentemente explosiva. Lanh, no obstante, esperaba que la calma tensa que reinaba en Costa de Marfil, se mantuviera el tiempo suficiente como para poder concluir el negocio. Sin embargo, tenía que reconocer que el curso de los acontecimientos en aquel maldito país era impredecible y se podía pasar de la completa tranquilidad a la más salvaje orgia de sangre y destrucción en cuestión de horas. Él lo había experimentado en sus propias carnes.
El seis de Noviembre del 2004, cazas de ataque Sukhoi del gobierno presidido por  Laurent Gbagbo —arrendados en Ucrania y pilotados por mercenarios de Bielorusia— bombardearon una base militar francesa de interposición en Bouaké, la capital rebelde al norte del dividido país. En esta acción —por error, según la versión de Gbagbo— murieron nueve soldados franceses y un observador americano, mientras que otros veinticinco soldados franceses resultaron heridos. En represalia, y en cuestión de horas, el ejército francés destruyó completamente todos los aviones y helicópteros que conformaban la diminuta fuerza aérea gubernamental. Dicha fuerza estaba compuesta por dos cazas Sukhoi-25 y cinco helicópteros Mi-21, todos ellos de fabricación rusa. Ante esta respuesta de los franceses —desproporcionada, según en gobierno de Abidjan—, la radio y televisión oficiales comenzaron a emitir, de forma continuada, arengas para enardecer los ánimos de la población en contra de la colonia francesa residente en el país —y por ende en contra del resto de la comunidad blanca. La tácita patente de corso, lanzada abierta y continuadamente a través de las ondas por el gobierno, se combinó con el desencanto generalizado, la frustración permanente, la miseria crónica, la ignorancia infinita, la arraigada aversión a los antiguos amos coloniales, el alcohol y las drogas, formando un coctel explosivo. Masas enardecidas de jóvenes marfileños, con el apoyo de la propia gendarmería y la dirección estratégica de los “Jóvenes Patriotas” de Gbagbo, se dedicaron, durante los días siguientes, a dar rienda suelta a sus instintos más bajos y sus odios más atávicos, de forma desenfrenada.  La violencia, el saqueo y las violaciones de mujeres blancas fueron el pan de cada día en las horas que siguieron.
Lanh podía rememorar perfectamente aquel día. Sus recuerdos, al entornar los ojos, se convertían en una nítida sucesión de imágenes en las que incluso era capaz de captar los sólidos olores y sentir el tacto de los fríos objetos y de las sudorosas personas. Era una ensoñación cristalina y lógica, no obstante nocturna y extraña, en la que participaba a la vez como actor y como espectador, a su antojo, a veces actuando en primera persona o viéndose actuar a si mismo desde fuera, pero tan cerca que el yo real, a veces, tenia que apartarse del camino del yo recordado para evitar chocar el uno con el otro. Era de ese tipo de evocación que los que los que se han estremecido con el helado roce de la parca bien conocen y comenzaba sobre las cinco de la tarde de aquel soleado y caluroso seis de Noviembre.
Se encontraba conduciendo su coche, con la intención de visitar a un conocido, cuando recibió, en su móvil, una llamada de la persona a cuya casa se dirigía en la Commune de Marcory, al oeste de Abidjan. Su amigo le hizo saber, con mal disimulada preocupación y ansiedad en su voz, que los franceses acababan de destruir la fuerza aérea de Gbagbo y que se preveían graves revueltas en la ciudad. Añadió que la radio y la televisión estatales no paraban de emitir comentarios y arengas incitando a la población a salir a la calle y “castigar” a la población civil francesa residente en la ciudad. Lanh conectó la radio del coche, hasta ese momento apagada, y pudo comprobar que así era. Los dos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería dejar la cita para mejor ocasión y que Lanh regresara a su casa lo antes posible, para evitar encontrase con alguna de las manifestaciones, sin duda violentas, que se estaban empezando a organizar por toda la ciudad.
Lanh giró en redondo con la intención de volver rápidamente a su domicilio; un dúplex de dos alturas que ocupaba la mitad de la planta tercera y última de un moderno y lujoso edificio, situado justo en el cruce de la Rue du Canal con la Rue du 7 Decembre, en el Quartier Zone 4 de la capital. En su camino de regreso alguien arrojo, a su paso, una botella de cerveza que estalló contra una de las puertas traseras de su vehiculo. Lanh no se inmutó y aceleró. Cruzó, con los semáforos en ámbar, el amplio Boulevard Valéry Giscard d’Estaing y se introdujo directamente en su barrio. A pesar de la velocidad, le dio tiempo a fijarse en algunos grupos de jóvenes vociferantes, con amenazante actitud, que empezaban a concentrarse en las esquinas del cruce del boulevard. Uno le hizo el conocido gesto de pasar la palma de la mano, a forma de cuchillo, por el cuello. Lanh también observó por el retrovisor, que alguien arrojó un palo que no llegó a alcanzar al vehiculo y que después de rebotar varias veces en el asfalto aterrizó finalmente en medio de la vía. El coche enfiló la Rue du 7 Decembre y Lanh volvió a acelerar. Ya estaba cerca de su destino. Al acercarse a su edificio tocó la bocina y el guardián le abrió prestamente la verja que daba acceso al patio interior del inmueble, donde se encontraba el aparcamiento del edificio. Lanh  aparcó su recién estrenado Toyota Land Cruiser y se dirigió a las escaleras de acceso al apartamento. El guardia —que sostenía con una mano una pequeña radio, la cual no despegaba en ningún momento de su oreja, como si fuera un apéndice más de su organismo— cerró, con la mano libre, apresuradamente, la verja. Lanh se preguntó cuando tiempo permanecería aquel vigilante en su sitio. Seguramente poco, razonó. Era un buen hombre. Aun así no había muchas posibilidades de que un adulto sensato —como era aquel individuo—  se fuera a enfrentar a una turba encolerizada e irracional —que además eran sus compatriotas— por defender la propiedad de unos engreídos extranjeros, como parecían ser la mayoría de los que habitaban en el exclusivo edificio. Tampoco se le pagaba para eso. O, mejor dicho, su magro salario no daba derecho a pedirle gran cosa, a no ser su simple presencia —y la de la sempiterna radio. Lanh también se preguntó si la recia verja de hierro podría contener, por sí misma, a los manifestantes. Concluyó que no; no obstante ya tendría ocasión, más tarde, de comprobar esos dos puntos. Subió a su apartamento, entró, cerró con llave y, como medida adicional,  atrancó la puerta de entrada con una silla encajada debajo de la cerradura. Por un instante se arrepintió de no haber instalado una puerta blindada cuando tuvo ocasión. A continuación entornó las cortinas Foscurit del ventanal del salón que daba a la Rue du Canal. Estaba atardeciendo, pero no encendió las luces. Subió a su dormitorio en la parte alta del dúplex, cerro la puerta, encendió una lámpara y sacó, de debajo de la cama, un maletín con combinación que contenía una pistola semiautomática y una caja de munición. Se trataba de una cara Glock 26, compacta, con cargador de doce balas de 9 mm, Se sentó en la cama, cargó, quitó el seguro y amartilló el arma.  Rellenó un cargador adicional que guardó en el bolsillo del pantalón. Regresó al salón y posó el arma sobre un aparador. Volvió a subir al dormitorio. En la mesita, junto a su cama y dentro de una pequeña caja fuerte gris —metálica, simple, portátil, del tipo que se abre con una pequeña llave—, Lanh guardaba veinte mil dólares americanos. Los cogió y se dirigió al vestidor. El jacuzzi, que ocupaba una esquina del amplio y moderno baño, tenía un registro cuadrado de unos veinte centímetros de lado —previsto para posibles reparaciones del desagüe o de las tuberías interiores— abierto en la pared medianera entre en baño y el vestidor contiguo y al que se accedía desde este último. Era un hueco enmarcado en la pared que daba a la parte de atrás de un armario empotrado situado en dicho vestidor. Para acceder a este registro había que mover uno de los paneles traseros de madera del armario. Lanh quitó el panel con la idea de arrojar el dinero a través del registro, dentro del obscuro y estrecho hueco que formaba el suelo con la parte inferior del fondo del jacuzzi. De ese modo, cualquier saqueador necesitaría arrancar la bañera para poder alcanzar el fajo de billetes. Esto, suponiendo que pudiera saber que el dinero se encontraba allí escondido. Antes de hacerlo, a Lanh se le ocurrió que, si las cosas se ponían realmente feas, iba a ser mejor tener suficiente dinero encima como para tratar de capear el temporal; por los que extrajo diez billetes de cien dólares del fajo y los metió en el bolsillo del pantalón. Después los repartiría por toda la casa. A continuación, arrojó el mazo de dinero restante lo más lejos posible a través de la entrada del registro. Colocó, de nuevo, el panel posterior del armario en su sitio y situó delante una maleta sobre la que amontonó alguna ropa. Cerró el armario y se cambió de ropa. El caro traje de lino, de color crema, tostado, que llevaba puesto no era lo más apropiado para recibir a un grupo de gente como la que se estaba concentrando en diferentes partes de la ciudad. Ya en chándal y con zapatillas deportivas, regresó al salón y, con la ayuda de un destornillador, desmontó uno de los peldaños que formaba parte de la escalera de caracol que conducía al la parte alta del dúplex. En el hueco existente entre la madera y la estructura metálica de la escalera, deposito su reloj Breitling Navitimer de oro —por el que había pagado en Europa más de diez mil euros—, una cámara de video digital JVC y varios documentos que consideró importante guardar; entre ellos su pasaporte y tarjeta de identidad y quinientos dólares. Si finalmente no pasaba nada, podría recuperar su pasaporte y el dinero con facilidad. Pensó en que hacer con el nuevo televisor de plasma y el equipo de música, pero no vio la forma de ocultarlos, por lo que decidió olvidarse de ellos. Atornilló cuidadosamente el bello peldaño de caoba oscura y escondió el destornillador entre los útiles de la cocina.  Se dirigió al ordenador de sobremesa, lo encendió y comenzó a formatear el disco duro. El ordenador contenía información que Lanh no deseaba mostrar a ningún extraño. De hecho, a nadie; extraño o no. Dedicó la siguiente hora a llamar por teléfono a amigos y conocidos que vivían en otras zonas de la ciudad. También llamó a alguien en Bangkok y le explicó, rápidamente, la situación. La persona en Bangkok quedó de llamarle cada hora, para ver como evolucionaba la situación. No intentó comunicar con la embajada de Tailandia. La legación diplomática del “país de las sonrisas” más cercana, se encontraba a unos ochocientos kilómetros, en Lagos, Nigeria. No iban a ser de mucha ayuda. Intentó hablar con el Jefe de Cámara del ex-Presidente Bédié, pero no obtuvo respuesta. Al colgar se le ocurrió pensar, con una leve sonrisa, que este debería estar —también— bastante ocupado. Posiblemente buscando un agujero donde ocultarse de la gente de Gbagbo. Después llamó a un amigo personal, el Coronel Georges Guiai, Jefe de Policía de Abidjan. Este sí contestó, solo para comentarle que la situación era muy delicada, por lo que todos los efectivos de la gendarmería estaban ocupados y patrullando en la calle. No obstante, dijo, le enviaría un coche oficial a recogerlo, cuando fuera posible.  Lanh sabía que esto difícilmente ocurriría, pero, no obstante, agradeció educadamente la oferta y colgó. Todas las personas a las que llamó a continuación en Abidjan, denotaban una gran preocupación por la situación que se estaba desarrollando y aunque, en principio, la movilización iba dirigida contra ciudadanos franceses —y sus propiedades—, a nadie se le escapaba que la situación podía degenerar en un disturbio generalizado que afectaría a todos aquellos que tuvieran algo susceptible de ser robado o destruido; franceses y no franceses. No se equivocaban. De hecho, los propios marfileños pudientes corrían el mismo peligro que cualquier extranjero. Del mismo modo los marfileños de origen extranjero —partidarios, en principio, de la oposición a Gbagbo— eran un objetivo claro, aunque secundario, de la campaña de terror que se estaba gestando. Finalmente Lanh llamó a la única persona en la que confiaba —sin reservas— en aquel país: Maimouna. La mujer era una oronda y vital burkinesa de mediana edad que se ocupaba de la casa de Lanh desde el mismo día en que este llegó por primera vez al país, años atrás. Su trabajo era siempre excelente y su discreción proverbial. Normalmente realizaba sus tareas al mismo tiempo que cantaba bellas canciones cuyas letras Lanh no entendía, pero que tenían una sonoridad excepcional. Eran canciones infantiles o de guerra, según le explico Maimouna en alguna ocasión. Lan realmente apreciaba a aquella mujer. Mientras marcaba el número un repetitivo soniquete vino a su memoria:
Sindi, sindi biiga
Fo ma tienga raga
Fo baba tienga weogo
Bamb na wa ne bonbon
fo sum nonga
sindi sindi sindi biiga
sindi sindi sindi biiga.
Traducido por Maimouna, venia a decir:
Calla, calla, niñito
Tu mamá se ha ido al mercado,
Tu papá se ha ido al campo,
Te van a traer un caramelo,
Te va a gustar.
Calla, calla, calla, niñito.
Calla, calla, calla, niñito.
—Que Maimouna ¿Cómo van las cosas por ahí? —preguntó Lanh a modo de saludo.
Bonsoir Monsieur Chu. De momento las cosas están tranquilas en el barrio, pero estamos preparándonos para lo que pueda venir. Me temo que no podré ir a trabajar mañana —objetó Maimouna.
Lanh sonrió ante ese inesperado comentario.
—La verdad es que no llamaba por eso, sino para saber si estabas bien, tú y tu familia.
— Sí, estamos bien aunque preocupados.
— En eso coincidimos —dijo Lanh.
— Y ¿Qué tal la Zone 4? —quiso saber Maimouna.
—De momento todo tranquilo —mintió Lanh para no preocuparla innecesariamente.
—Me alegro mucho de saberlo —y realmente lo sentía—. Recemos para que todo vuelva a la normalidad lo antes posibles.
—No es mala idea. Rezar parece la única solución. Bueno, te dejo. Ya hablaremos cuando todo esto se haya calmado. Cuidaros mucho —concluyó Lanh.
—Usted también Monsieur Chu. No dude en llamarme si me necesitara para algo. A bien tout —se despidió Maimouna.
A bien tout Maimouna. —se despidió Lanh y colgó.
En un momento dado, sobre las ocho de la tarde, Lanh comenzó a oír un creciente clamor acompañado de pitidos de silbato, abajo, en el cruce de las dos calles. Se acercó al ventanal y abrió lentamente la cortina, un par centímetros; lo suficiente para poder ver sin ser visto. Ya había anochecido, pero el mortecino halo anaranjado de las farolas iluminaba suficientemente la calle. Lo que vio no trajo paz a su espíritu, más bien todo lo contrario. Allí abajo, justo en el cruce, al pié del edificio, se estaba formando una concentración de más de doscientos individuos, la mayoría con los torsos desnudos, algunos descalzos, con sus cuerpos atezados, lampiños, musculosos muchos, de piel lustrosa, brillante por el sudor, producto —pensó Lanh— de la excitación, el alcohol y las drogas, que no del calor que empezaba a declinar con la caída de la noche, cuando la fresca brisa marina del Atlántico avanza, como una sabana fresca y limpia, sobre la ciudad. Muchos llevaban pañuelos con los tres colores de la bandera del país, enrollados sobre la cabeza o el cuello o atados al cinturón. Casi todos portaban palos o barras de hierro, algunos bates de béisbol, incluso cadenas. Las mujeres eran las que más alborotaban y calentaban el ambiente, ya explosivo de por sí, con gritos desgarradores, aspavientos y consignas. Algunos cantaban. Otros danzaban. Algunos hombres y mujeres se besaban y tocaban de forma obscena, provocativa. Algunas parejas desaparecían en la oscuridad que formaba la espesa vegetación de los jardines colindantes, para reaparecer unos minutos más tarde, los hombres exultantes, las mujeres agitadas, tal vez contrariadas o insatisfechas.  Todos bebían. Las doradas botellas de medio litro de cerveza “Flag” corrían de boca en boca, para terminar estrelladas contra alguna pared o vehiculo aparcado o, simplemente, rodar por el suelo de la avenida.  Si hasta aquel momento Lanh consideraba como una posibilidad el verse envuelto en aquel desorden, ahora la posibilidad se había convertido en certidumbre. El destino, tantas veces burlón e inoportuno, siempre imprevisible, le permitió llegar al hogar sano y salvo para, a continuación, colocarlo en el mismo centro de una de las varias tormentas que iban a azotar la capital. Esta certidumbre le trajo a la memoria otras evocaciones, mucho más lejanas en el tiempo pero igualmente grabadas en su recuerdo de forma indeleble. Y por asociación con aquellas intuyó, con repentina claridad, que aquel crepúsculo iba a ser el preámbulo de una larga y oscura noche. Larga como aquellas noches en las que no sabes con certeza si volverás a ver un nuevo amanecer, en las que el provenir ya no esta en tus manos e, impotente, dejas todo lo que puede importar en las de la esquiva suerte.
Desde su atalaya Lanh también observó un par de cosas más. La estridente multitud parecía comenzar a agruparse en filas —con cierta semblanza a una formación militar, aunque amorfa, indisciplinada. Seguían los chiflidos de silbato e instrucciones que partían de un individuo bajo, de cabeza pequeña, nervudo, con gafas de gruesos cristales que, a diferencia del resto, estaba perfectamente trajeado. Lanh se dio cuenta de que se trataba de un “Joven Patriota” —el grupo para-policial de simpatizantes de Gbagbo—. La otra cosa que notó fue que, un poco separada de los manifestantes, a unos pocos metros a la derecha, en la misma calle, se encontraba una camioneta de la gendarmería. Tres policías uniformados con sus uniformas caqui, claros, se encontraban tranquilamente apoyados en el exterior del vehiculo. Uno de ellos, una gruesa mujer, negra como la brea, sudorosa, como embutida en un pantalón un par de tallas mas pequeño; los tres contemplando el espectáculo que se estaba formando en frente de sus narices, sin la más minima intención de sofocarlo. Más bien todo lo contrario; con íntimas ganas de que empezase la fiesta. Lanh maneó la cabeza en un gesto de desaprobación. Tenía razón el Jefe de Policía; sus efectivos estaban en la calle y “ocupados”.
Lanh no era un tipo ajeno a las situaciones de extremo peligro. Por el contrario y desde joven, le había tocado vivir una cantidad inusitada de ellas. Eso no significaba que se sintiera confortable en ese medio. Nadie se acostumbra sin perder la cordura. Más bien ocurría que su mente estaba entrenada para funcionar bajo esas condiciones de presión vital. Por otra parte, hasta la fecha, siempre había conseguido escapar de una pieza. O casi. Su tobillo era un recuerdo de lo contrario. Así que pragmáticamente continuó preparándose para lo que ya, sin duda, iba a ocurrir. Que tu destino dependa de la suerte no quiere decir que no hagas tu parte; lo que tengas que hacer. Comprobó, de nuevo, que el seguro de su pistola estaba quitado, golpeó suavemente el cargador adicional contra la superficie de una mesa, para que los proyectiles no se apelmazaran y puso el móvil en silencio, sólo con la vibración. Desconectó el cable del teléfono fijo de su enchufe en la pared. Apagó el suave murmullo del aire acondicionado y una húmeda calidez invadió, casi instantáneamente, la habitación. Regresó a su puesto de observación tras la cortina. No quería que ningún ruido delatara su presencia en el apartamento. Por un momento evaluó las posibilidades que tenía de salir indemne de aquella situación. Había un factor de que jugaba tanto a su favor como en su contra. Era su apariencia física. Siendo asiático estaba claro que no le confundirían con un francés —aunque hay miles de franceses de origen asiático— y esto jugaba en su favor. En el aspecto negativo, si la situación llegaba al límite, Lanh no podría mezclarse entre los habitantes de aquel país sin ser detectado inmediatamente. En otras palabras, sería tan visible como una gota de pintura blanca sobre una cartulina negra. Recordó que la capacidad de mimetizarse con sus semejantes le había salvado la piel en innumerables ocasiones en el pasado, allá en su tierra. Pero ahora, esa táctica —un antiguo arte, en su caso— no le iba  a servir de nada. Por otra parte, otros muchos factores jugaban, definitivamente, en su contra. En su edificio vivían varias familias francesas, hecho que era conocido, con seguridad, por varios de los manifestantes. Sin duda por los gendarmes de la camioneta. Además, en el patio interior, el aparcamiento, había una buena colección de vehículos caros y modernos. Del tipo que los desafortunados, los que no tienen más remedio que ir a pie, suelen admirar al pasar — al mismo tiempo que secretamente envidian y desprecian a los que los conducen. Esto también sería una clara razón para que intentaran asaltar en el edificio.  Con este último sombrío pensamiento se acerco al baño y entreabrió la ventana desde la que se dominaba el aparcamiento interior y, a lo lejos, parte de la Rue du 7 Decembre, que se adentraba en la ciudad en dirección al Boulevard Valéry Giscard d’Estaing. Noto que el guarda había desaparecido, lo que no le sorprendió y, en cierto sentido, se alegró por él. No obstante el patio permanecía a obscuras y tranquilo. La gran verja de hierro cerrada. Comprobó que todas las luces del edificio que daban al patio permanecían apagadas. Como él, nadie quería denotar su presencia. Regresó al salón. Ahora, a golpe de silbato, los alborotadores se estaban dividiendo en cuatro grandes grupos. Tres camionetas más de la policía, habían llegado. Los tres policías que había visto antes, ahora estaban dentro del vehiculo. La oronda gendarme puso en marcha el suyo.  Con un rugido fragoroso, amenazante y casi inhumano, los cuatro grupos empezaron a moverse, sin correr, a paso ligero. Cada bandada tomó una de las cuatro direcciones que formaba el cruce. A cada grupo lo seguía de cerca una camioneta de la gendarmería.
Empezaba la pesadilla.
.
Tony Tang – Dugutigui

About Dugutigui

In the “Diula” language in Mali, the term « dugutigui » (chief of the village), literally translated, means: «owner of the village»; «dugu» means village and «tigui», owner. Probably the term is the result of the contraction of «dugu kuntigui» (literally: chief of the village).
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